XX
Pues la cabeza en su mano levanta bien alta, hacia los duques en el estrado endereza el rostro, y alza los párpados, y mira con los ojos, y habla con la boca este breve discurso:
«Mira, Gawain, que estés presto a ir como dijiste y a buscarme fielmente, buen amigo, hasta encontrarme, tal como en el estrado prometiste, oyendo estos nobles. A la Capilla Verde acude, te mando, a recibir tal golpe como diste, la deuda que debes de pagar sin falta en Año Nuevo al alba. Los hombres me conocen como el Caballero de la Capilla Verde: así que, si buscas, no dejarás de hallarme. Ven, por tanto, o cobarde tendrás que ser llamado».
Con un rugido y tumulto tiró de las riendas, se lanzó por la puerta del salón con su cabeza en la mano, y las chispas de sílex volaban de los cascos de su potro. A dónde fue, ninguno de ellos lo supo, como tampoco sabían de dónde había venido:
¿Y qué? El Rey y Gawain allí del hombre verde rieron y mofaron; mas todos tuvieron que admitir que era un prodigio entre los hombres.