LXXI
Por aquella princesa de precio que tanto lo acosaba Al límite del amor, que al fin le impuso O consentir a su ruego o negarse hosca. Le importaba su cortesía, por no mostrarse ruin, Y más su condenación, por caer en pecado, Y ser traidor infiel al señor que en él confiaba.
«Dios me libre —dijo el varón—, eso no ha de ocurrir». Con risa de amante apartó a la ligera Todas las palabras tan necias que brotaban de sus labios. Entonces ella le dijo con tristeza: «Tenéis gran culpa, Si no amáis la vida de aquella junto a quien yacéis, La mujer del mundo más herida de corazón, A no ser que tengáis una amada a la que améis muy de veras, Y hayáis empeñado vuestra palabra con prenda tan fiel Que no deseéis quebrantar jamás; tal creo ahora, Y os ruego, por vuestra fe, que me digáis la verdad— Por todos los santos, no ocultéis la verdad con engaño».
El caballero dijo «Por San Juan», Y esbozó una suave sonrisa, «A fe que no tengo ninguna, Y ninguna tendré por ahora».