XXXI
Mucho risco escaló por tierras extrañas, lejos marchó de los suyos, jinete extranjero; en cada vado o valle por donde el varón pasaba, hallaba siempre ante sí a un enemigo esquivo, tan vil y feroz que luchar le era forzoso. Y tantas maravillas halló por las montañas que sería tedioso contar la décima parte. Ya contra dragones hacía la guerra, y también contra lobos, ya contra sátiros que bajaban de los pedregales, con toros salvajes y osos y otras veces con jabalíes, y con ogros que resoplaban desde los altos páramos. Si no hubiera sufrido con valor, y Dios amado fervientemente, sin duda muchas veces a muerte habría sido entregado. Pues si la guerra le afligía, peor era el invierno, cuando las nubes derramaban la clara y fría agua, que se helaba antes de caer sobre la tierra yerma; casi muerto por el aguanieve, dormía con su férrea armadura más noches de las justas sobre rocas desnudas, mientras entre estrépito desde la cresta corría el arroyo frío, o pendía muy alto sobre su cabeza en afilados carámbanos. Así, en peligro y dolor y en apuros muy duros, atravesó el país escalando hasta la Nochebuena, solo. El caballero, con gran dolor entonces, a María le suplicó con lamentos que bien quisiera guiarle y llevarle a algún refugio.