XXXII
Por un monte aquella mañana alegremente cabalgaba él en un bosque harto profundo, temible y salvaje, altas colinas a cada mano y frondosos bosques abajo de encinas canosas enormes, cien juntas; el avellano y el espino estaban todos enmarañados con musgo áspero y tupido desgarrado por doquier, y múcho pájaro desdichado sobre las ramas desnudas posado piaba lastimeramente por el dolor del frío.
Este galante sobre Gringolet se desliza bajo ellos, por barrizal y ciénaga, un hombre muy solitario, pues mucho temía en su mente no ir a oír su misa ni ver el oficio de aquel Señor, que esa misma noche de una doncella nació para redimir nuestra pena; y así suspirando dijo: «Te suplico, Señor, y a María, que eres tierna madre tan cara: un refugio donde humildemente la misa yo escuche y tus maitines mañana humildemente te pido, y al punto rezo mi padre nuestro, mi avemaría y mi credo».
Rezó y siguió cabalgando, clamó por su mal hecho, luego se santiguó al instante y dijo: «La cruz de Cristo me valga».