LVII
Pronto gritaron sobre la pista junto al cenagal; El montero voceó a los sabuesos que rompieron a ladrar, Iracundas palabras pronunció y llamó con furia; Y los perros que le oyeron acudieron de inmediato, Y cayeron raudos sobre el rastro, cuarenta juntos; Entonces un estruendo tan ensordecedor de aquellos perros al unísono Se alzó, que las rocas resonaban por doquier. Los cazadores los animaban con cuerno y con voz, Y todos en tropel avanzaban juntos, Entre un claro en aquel bosque y un peñasco temible; En un montecillo, junto al risco, al lado del cenagal, Donde la roca rugosa se desplomaba en un áspero risco, Llegaron al hallazgo; los monteros los siguieron, Y rodearon aquel risco y el saliente a su lado, Hasta que supieron muy bien que la fiera estaba allí, Cuando los sabuesos ladraron para anunciar a la bestia. Luego golpearon los arbustos y le exigieron salir de la espesura, Y él buscó, con desgracia, a los rastreadores que lo cruzaban; ¡Era un jabalí maravilloso el que se abalanzó sobre ellos!, Mucho tiempo apartado del bando, y ya entrado en años, Un jabalí fiero y cruel, y temible por su corpulencia. Cuando este fiero animal gruñía, era penoso para muchos, Pues de un embate tiró a tres al suelo, Luego huyó a gran velocidad, sin hacerles más daño. Todos gritaron «¡Iju!» y «¡Eh, eh!» exclamaron, Los cuernos a la boca llevaron para reunir a la montería. Muchas eran las alegres bocas de hombres y de sabuesos Que se apresuraban tras el jabalí, con bravatas y clamor, para matar.