XXXIII
No se había santiguado, buen alma, sino tres veces, cuando advirtió en aquel bosque una morada en un foso, sobre un prado, en un otero, que lucía bajo las ramas de múcho robusto tránco al borde de los fosos; un castillo el más hermoso que caballero poseyera jamás, edificado en un prado, y en torno a él un parque cercado sólidamente con empalizada de estacas, que, por más de dos millas, abarcaba muchos árboles.
Sir Gawain contempló un rato aquel alcázar mientras centelleaba y brillaba entre las claras ramas, luego se quitó el yelmo y agradece de corazón a Jesús y a San Julián, esos nobles guardianes, que le habían mostrado cortesía y escuchado su clamor.
«¡Buen alojamiento —clamó Gawain—, concededme, os lo ruego!», y con los dorados talones espolea a Gringolet, y por muy buena suerte ha elegido el camino que lo lleva al punto al extremo del puente con prisa.
- El puente estaba en alto,
- Las puertas bien cerradas,
- Los muros reciamente firmes;
- Ninguna ráfaga de viento temían.