LXXXV
“Por tanto, buen sir Gawain, dile adiós, y vete por otro camino, en el nombre de Dios te lo ruego; elige otra tierra, donde Cristo te prospere, y yo me iré a casa con presteza; y además te prometo que juro por Dios y sus buenos Santos (así me ayude la reliquia) y por muchos juramentos, que guardaré tu secreto y no se me escapará ni una palabra de que jamás flaqueaste o huiste de enemigo que yo supiera”.
«Mil gracias», dijo él, y escudriñó su alma, «Bienaventurado seas, buen hombre, que me deseas el bien; estoy en verdad segurísimo de que guardarás mi secreto, pero por muy fiel que fueras, si no cumpliera esta cita, sino que flaqueara de miedo, de la forma en que dices, sería un cobarde pusilánime sin excusa posible. Por cualquier contratiempo que pueda surgir, a la capilla iré, y hablaré con ese tirano lo que me plazca contarle, venga el bien o venga el mal, como mi hado disponga que yo tenga. Aunque el bellaco más cruel del mundo sea Él, y blanda su bastón, ¡muy bien sabe Dios ingeniárselas para salvar a sus siervos!»