LXXX
Ahora el Año Nuevo se acerca, y la noche pasa, el Día pisa lo oscuro, como estima el Todopoderoso;
Mas tiempos muy salvajes en el mundo despiertan, nubes azotan con fuerza el frío hacia la tierra, con bastante del Norte para afligir al desnudo.
La nieve cayó punzante y mordió la naturaleza, el viento silbante sopló desde la bóveda celeste y anegó cada valle de ventisqueros muy profundos.
A menudo escuchaba el hombre leal que yacía en su lecho; aunque cerró los párpados, durmió bien poco, y por cada gallo que cantaba conocía bien su hora.
Bien temprano se levantó, antes de que despuntara el día, pues había luz de una lámpara que brillaba en su aposento; llamó a su camarero (y este respondió al llamado), y le mandó traer su coselete y ensillar su alazán; luego su hombre se pone en pie y busca sus arreos, y atavía a sir Gawain con gran esmero.
Primero se vistió con ropas para templar el frío, y también con su arnés que con esmero había guardado, tanto sus guardabrazos como sus placas, pulidos con gran limpieza, y los anillos de su rica cota de malla, limpios de todo óxido; todo estaba fresco como al principio, y entonces estaba deseoso de partir.
Llevaba puesta cada pieza, bien limpia, libre de inmundicia; el más alegre de aquí a Grecia, Gawain mandó traer su corcel.