XIX
El Caballero Verde en tierra con presteza se acomoda, se inclina un poco para dejar la piel a la vista, sus largos y hermosos bucles echa sobre la coronilla, y la nuca desnuda prepara para el golpe.
Gawain empuñó su hacha y la alzó en alto (su pie izquierdo adelantado, firme en el suelo), luego la descargó con gran rapidez sobre la carne descubierta, de modo que el filo afilado cortó de tajo, directo a través de la espina dorsal, segó la carne limpiamente y lo partió en dos.
La hoja del brillante acero mordió el suelo, la cabeza cayó desde lo alto hasta la tierra, de modo que muchos la patearon con los pies mientras rodaba al frente. La sangre del cuerpo brotó sobre el verde: mas ni titubeó ni cayó el fecundo por todo aquello, sino que avanzó con fuerza sobre zancos robustos, y con rudeza se abrió paso, entre las filas en el suelo, hacia su hermosa cabeza, que alzó de inmediato: luego se gira hacia su potro y, tomando la brida, pisa el estribo y monta a caballo, sosteniendo por los cabellos su cabeza en la mano, y con tanta calma se sienta de nuevo en la silla como si ninguna desgracia le hubiese afectado, aunque sin cabeza estaba.
Sin cabeza, se torcía en todas direcciones el espantoso tronco que sangraba; antes de haber dicho su palabra muchos le temieron.