XCIV
Aquel otro se apartaba, apoyado en su hacha, con el mango en el suelo, sobre el filo agudo recostado; miró al hombre leal que avanzaba por el prado, vio que aquel bravo en el brezal con tanta audacia le aguardaba armado y sin temor: en su interior le agradó.
Luego, con más alegre ánimo, afinó su tono, y le dirigió una galante palabra a Sir Gawain:
“Señor Valiente, en este brezal no estés tan furioso, ningún hombre aquí descortés te ha injuriado, ni el pacto estipulado en la corte del Rey ha roto. Un tajo prometí, así que date por bien pagado, y te juzgo a plomo de toda deuda debida. Si hubiera obrado con más presteza, un golpe más mortal te habría propinado tal vez y arruinado para siempre. Mas el primero de esos golpes fue un amago amistoso, ni pretendí dañarte; tan justo era tu derecho, por el pacto acordado aquella noche en nuestra corte, cuando cumpliste tu palabra y fuiste fiel a tu confianza, y me diste tus ganancias, como a buen hombre convenía. Y el segundo fue una amenaza para la mañana siguiente, cuando besaste a mi consorte y los besos entregaste. Dos veces fiel te hallé, y en su lugar amagos hice.
- El hombre veraz debe pagar lo debido,
- entonces nada ha de temer;
- la tercera vez no fuiste veraz,
- y el daño recae sobre tu cabeza.