XXXVIII
Luego lo tentó su anfitrión, y habló de su viaje, y con discretas preguntas indagó sobre su misión, y él cortésmente confesó que venía de la corte donde Arturo el noble ostentaba la soberanía, el monarca más real de la Tabla Redonda, y que era el propio Gawain quien se sentaba entre ellos, venido a aquella Navidad, según había acontecido.
Mas aquel señor, cuando supo qué hombre tan leal era, rió a carcajadas por ello, tanto le agradó; y todos en aquel hogar se regocijaron en aquel momento al aparecer en presencia del príncipe, pues toda proeza y valor, y toda caballería pura le pertenecían a su persona y eran siempre alabados en él; por encima de todos los hombres de la tierra su honor era el más alto.
Entonces quedamente se decía cada cual a su compañero:
«Ahora veremos la destreza de los modales corteses, y los términos puros de la charla galante, qué es la elocuencia en el hablar aprenderemos sin pedirlo, ya que hallamos entre nosotros a este gran maestro de crianza. Dios nos ha dado su gracia en la más bella medida, al concedernos tal huésped como Gawain en este tiempo en que los hombres gozosos en los escaños cantarán sobre Su nacimiento. De la hidalguía el don este rayo hoy nos traerá; quien lo oiga, a mi juicio, de amor sabrá hablar ya».