XXI
Aunque el rey supremo Arturo en su interior sentía asombro, no dejó ver señal alguna, sino que dijo como correspondía a la bella reina, con cortés discurso:
«¡Querida dama, no os acobardéis en absoluto este día! Bien cuadra tal destreza en tiempo de Navidad, juego de entremeses, risas y cantos, entre cortesanos villancicos de caballeros y damas. Mas a mi comida puedo disponer-me ahora, pues con un prodigio he topado, no he de negarlo».
Miró a sir Gawain y dijo con gracia: «Ahora, señor, cuelga tu hacha, que bastante ha cortado».
Luego, sobre el estrado, fue dispuesta en un tapiz, donde todos pudieran contemplarla en lo alto y maravillarse, y por su testimonio contar la historia del portento. Tras esto, se dirigieron a su banquete con toda propiedad, el rey y el caballero, y hombres valientes les sirvieron de todo manjar por partida doble, como más digno les pareció. Con viandas de toda clase y también juglaría, pasaron el alegre día, hasta que este llegó a su fin en la tierra.
Ahora, Gawain, asegúrate de resistir al pusilánime, para buscar la aventura que has tomado en tus manos.