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Por salvajes caminos vaga ahora sir Gawain, Pues el don de su vida de nuevo había ganado; A menudo posó en casas y a la intemperie a menudo, Vivió aventuras en valles y muchas victorias, Que hoy no pienso contarles en historia.
Sanó de la herida que en el cuello tenía; Y el reluciente cinto llevaba allí alrededor, Como un tahalí, oblicuo, atado a su costado, Unido en un nudo, bajo su brazo izquierdo, Como símbolo del pecado en que se vio atrapado.
Así llegó el buen Caballero, sano y salvo, a la Corte; Hubo dicha en aquel hogar cuando lo supo el Rey, Supo que Gawain había venido; una buena nueva le pareció. Primero lo besaron de todos el Rey y la Reina, Luego muchos leales caballeros buscaron saludarlo, Y de su viaje querían saber: les contó todas las maravillas, Los sucesos y penalidades que en su camino tuvo, El lance de la capilla, el trato del caballero, El amor de la dama y el cinto al fin.
El corte bajo su cuello descubrió entonces, Que el señor de la tierra por deslealtad le dio, por culpa.
Con angustia habló aquel, Gemía de pena y rubor, La sangre tiñó su piel, Por la mancha en su honor.