LXIV
Sonaba el clarín en las muchas fieras trompas, y los gritos de cazadores que no tenían trompas; los sabuesos ladraban todos, como les mandaban sus amos, que eran los monteros mayores de aquella ardua caza.
Entonces un hombre experto en la ciencia del bosque, se puso a desollar con gran brío a aquella bestia. Primero le corta la cabeza y la alza en alto, luego le parte el espinazo en dos; saca las entrañas, las asa sobre las brasas, y con pan mezclado en ellas premia a sus sabuesos.
Luego corta la carne en anchos y brillantes escudos, y saca las entrañas menores, como bien le conviene; mas los costados enteros los sujeta juntos, y en una pértiga muy fuerte los cuelga con fuerza.
Así tienen su puerco, y parten a casa con brío; la cabeza del jabalí era portada ante el valiente que lo había abatido en el vado, asaltándolo con la fuerza de su mano.
Hasta que vio a Gawain mucho tiempo le pareció aún; llamó, y entonces vino gozoso aquel caballero a cobrar sus despojos.