LXI
—De buena fe —dijo Gawain—, ¡que Dios os premie! Grande es el gozo y el juego para mí inmenso el que alguien tan digno como vos llegue a mi aposento, se moleste con un pobre hombre y juegue con su caballero con cualquier semblante; eso me consuela mucho.
Mas asumir tal tarea y exponer el amor verdadero (tocando el texto y los cuentos de romance) ante vos, que, bien lo sé, manejáis más destreza en ese arte, por mitad, que un centenar de cuantos como yo soy, o seré jamás, en la tierra mientras viva, sería una necedad múltiple, hermosa mía, os lo juro por mi fe.
Mas haré vuestro mandato lo mejor que pueda, pues os estoy muy agradecido, y siempre me comprometo a ser verdaderamente vuestro servidor, que el Todopoderoso me guarde.
Así en charla ella lo probaba y lo tentaba muy a menudo, para inducirlo a cortejarla, pensase lo que pensase por lo demás, mas él se defendió con tanta gracia que no pudo asomar falta alguna ni mal por ninguna de las partes, y de nada supieron sino de dicha.
Rusieron y tuvieron su juego; al fin ella lo besó, hizo seña de emprender su camino y se despidió, a fe mía.