Cierto hombre compró una vez un esclavo etíope, que tenía la piel negra como todos los etíopes; pero su nuevo amo pensó que su color se debía a que su anterior dueño lo había descuidado, y que lo único que necesitaba era un buen estropajo.
Así que se puso manos a la obra con abundante agua caliente y jabón, y lo frotó con muchas ganas, pero todo fue en vano: su piel siguió tan negra como siempre, mientras el pobre infeliz estuvo a punto de morir del resfriado que cogió.