Un Asno Salvaje, que vagaba ociosamente por allí, se encontró un día con un Asno de Carga que yacía estirado a sus anchas en un rincón soleado y disfrutando a más no poder.
Acercándose a él, le dijo: «¡Qué animal tan afortunado eres! Tu lustroso pelaje demuestra lo bien que vives: ¡cómo te envidio!».
No mucho después, el Asno Salvaje volvió a ver conocido, pero esta vez llevaba una pesada carga, y su arriero lo seguía por detrás golpeándolo con una gruesa vara.
«Ah, amigo mío —dijo el Asno Salvaje—, ya no te envidio más: pues veo que pagas caro tu bienestar».
Las ventajas que se compran a un precio muy alto son bendiciones dudosas.