Hubo un tiempo en la juventud del mundo en que los Bienes y los Males entraban por igual en las preocupaciones de los hombres, de modo que los Bienes no prevalecían para hacerlos del todo bienaventurados, ni los Males para hacerlos totalmente desgraciados.
Pero debido a la insensatez de la humanidad, los Males se multiplicaron en gran manera y aumentaron en fuerza, hasta que pareció como si fueran a privar a los Bienes de toda participación en los asuntos humanos y a desterrarlos de la tierra.
Estos últimos, por lo tanto, se dirigieron al cielo y se quejaron a Júpiter del trato que habían recibido, rogándole al mismo tiempo que les concediera protección contra los Males y que los aconsejara sobre la manera de tener trato con los hombres.
Júpiter concedió su petición de protección y decretó que en el futuro no irían entre los hombres abiertamente en grupo, y así estarían expuestos a los ataques de los hostiles Males, sino de uno en uno y sin ser vistos, y a intervalos infrecuentes e inesperados.
De ahí que la tierra esté llena de Males, pues van y vienen como les plaze y nunca están lejos; ¡mientras que los Bienes, ay!, vienen de uno en uno únicamente, y tienen que viajar todo el camino desde el cielo, por lo que muy rara vez se les ve.