Un Hombre se dedicaba a cavar en su viñedo, y un día, al ir a trabajar, echó en falta su Azada. Pensando que se la habría robado alguno de sus jornaleros, los interrogó rigurosamente, pero todos y cada uno de ellos negaron saber nada al respecto.
No quedó convencido con sus negativas e insistió en que todos fueran a la ciudad a jurar en un templo que no eran culpables del robo. Esto se debía a que no tenía un gran concepto de las sencillas deidades campestres, pero pensaba que al ladrón no se le pasaría por alto la astucia de los dioses de la ciudad.
Cuando cruzaron las puertas, lo primero que oyeron fue al pregonero de la ciudad anunciando una recompensa por información sobre un ladrón que había robado algo del templo de la ciudad.
«Bueno —se dijo el Hombre—, me parece que más me vale volver a casa. Si estos dioses urbanos no pueden descubrir a los ladrones que roban en sus propios templos, es poco probable que puedan decirme quién robó mi Azada».