Un Profeta estaba sentado en la plaza del mercado y adivinaba el porvenir a todos los que querían contratar sus servicios. De repente llegó corriendo alguien que le anunció que habían entrado ladrones en su casa y que se habían llevado todo cuanto pudieron echar mano.
Se levantó de un salto y salió corriendo, tirándose de los cabellos y lanzando maldiciones contra los malhechores.
Los presentes se divertían mucho, y uno de ellos dijo: «Nuestro amigo presume de saber lo que va a sucederles a los demás, pero parece que no es lo suficientemente inteligente para percibir lo que le espera a él mismo».