Esopo encarna un epigrama no poco común en la historia humana; su fama es tanto más merecida cuanto que nunca la mereció. Los firmes cimientos del sentido común, los agudos destellos de sentido poco común que caracterizan a todas las Fábulas, no le pertenecen a él sino a la humanidad. En la historia humana más remota, todo lo auténtico es universal, y todo lo universal es anónimo. En tales casos siempre hay algún hombre central que primero tuvo el trabajo de recopilarlas y después la fama de crearlas. Él tuvo la fama; y, en conjunto, se ganó la fama. Debe de haber habido algo grande y humano, algo del futuro humano y del pasado humano, en un hombre así: aunque solo lo hubiera usado para robarle al pasado o engañar al futuro. La historia de Arturo puede haber estado realmente conectada con el cristianismo más combativo de la Roma en decadencia o con las tradiciones más paganas ocultas en las colinas de Gales. Pero la palabra «Map» o «Malory» siempre significará el rey Arturo; aun cuando encontremos orígenes más antiguos y mejores que los del Mabinogion, o escribamos versiones posteriores y peores que los Idilios del rey. Los cuentos de hadas infantiles pueden haber venido de Asia con la raza indoeuropea, hoy afortunadamente extinta; pueden haber sido inventados por alguna dama o caballero francés refinado como Perrault; es posible incluso que sean lo que pretenden ser. Pero siempre llamaremos a la mejor selección de tales cuentos los Cuentos de los Grimm: sencillamente porque es la mejor recopilación.
El Esopo histórico, en la medida en que lo fue, parecería haber sido un esclavo frigio, o al menos uno que no debía ser adornada especial y simbólicamente con el gorro frigio de la libertad.
Vivió, si es que vivió, alrededor del siglo VI antes de Cristo, en la época de aquel Creso cuya historia amamos y sospechamos como todo lo demás en Heródoto. Hay también historias de deformidad física y una pronta ribaldía en la lengua: historias que (como dijo el célebre Cardenal) explican, aunque no excusan, el que haya sido arrojado por un alto precipicio en Delfos.
Corresponde a quienes leen las Fábulas juzgar si fue arrojado realmente por el acantilado por ser feo y ofensivo, o más bien por ser sumamente moral y correcto. Pero no cabe la menor duda de que la leyenda general sobre él puede situarlo justamente junto a una raza demasiado fácilmente olvidada en nuestras comparaciones modernas: la raza de los grandes esclavos filosóficos.
Esopo pudo haber sido una ficción como el tío Remus: también fue, como el tío Remus, un hecho. Es un hecho que los esclavos en el viejo mundo podían ser venerados como Esopo, o amados como el tío Remus. Resulta curioso observar que ambos grandes esclavos contaron sus mejores historias sobre bestias y pájaros.
Pero sea lo que fuere lo que debidamente se le deba a Esopo, la tradición humana llamada Fábulas no se le debe a él. Esto había continuado mucho antes de que ningún liberto sarcástico de Frigia fuera o no arrojado por un precipicio; esto ha perdurado mucho después. Nos conviene, en verdad, darnos cuenta de esta distinción; porque hace que Esopo sea más obviamente efectivo que cualquier otro fabulista. Los Cuentos de los Grimm, por gloriosos que sean, fueron recopilados por dos estudiantes alemanes. Y si nos resulta difícil estar seguros de un estudiante alemán, al menos sabemos más de él que lo que sabemos de un esclavo frigio. La verdad es, por supuesto, que las fábulas de Esopo no son las fábulas de Esopo, del mismo modo que los cuentos de hadas de los Grimm fueron jamás los cuentos de hadas de los Grimm. Pero la fábula y el cuento de hadas son cosas totalmente distintas. Hay muchos elementos de diferencia; pero el más claro es bastante claro. No puede haber una buena fábula que tenga seres humanos en ella. No puede haber un buen cuento de hadas sin ellos.
Esopo, o Babrio (o como se llamara), entendió que, para una fábula, todos los personajes deben ser impersonales. Deben ser como abstracciones en el álgebra, o como piezas en el ajedrez.
El león siempre debe ser más fuerte que el lobo, así como cuatro siempre es el doble de dos.
El zorro en una fábula debe moverse en zigzag, al igual que el caballo en el ajedrez debe moverse en zigzag.
La oveja en una fábula debe seguir marchando, al igual que el peón en el ajedrez debe seguir marchando.
La fábula no debe permitir las capturas oblicuas del peón; no debe permitir lo que Balzac llamó «la revuelta de una oveja».
El cuento de hadas, en cambio, gira absolutamente sobre el eje de la personalidad humana.
Si no hubiera ningún héroe allí para luchar contra los dragones, ni siquiera sabríamos que eran dragones.
Si ningún aventurero fuera arrojado a la isla por descubrir—permanecería sin descubrir.
Si el tercer hijo del molinero no encuentra el jardín encantado donde las siete princesas están blancas y congeladas—pues bien, entonces permanecerán blancas y congeladas y encantadas.
Si no hay un príncipe en persona para encontrar a la Bella Durmiente, simplemente dormirá.
Las fábulas se basan en la idea totalmente opuesta; que cada cosa es lo que es, y en cualquier caso hablará por sí misma. El lobo será siempre lobicores; el zorro será siempre zorruno.
Algo del mismo estilo debió de significar la zoolatría, en la que egipcios, indios y muchos otros grandes pueblos han coincidido.
Los hombres, a mi juicio, no aman a los escarabajos, a los gatos o a los cocodrilos con un amor puramente personal; los saludan como expresiones de esa energía abstracta y anónima de la naturaleza que para cualquiera es imponente, y para un ateo ha de ser aterradora.
De modo que en todas las fábulas que son o no de Esopo, todas las fuerzas animales actúan como fuerzas inanimadas, como grandes ríos o árboles que crecen. Es el límite y la pérdida de todas esas cosas el no poder ser otra cosa que ellas mismas: es su tragedia que no pudieron perder sus almas.
Esta es la justificación inmortal de la fábula: que no podríamos enseñar las verdades más evidentes con tanta sencillez sin convertir a los hombres en piezas de ajedrez.
No podemos hablar de cosas tan sencillas sin recurrir a animales que no hablan en absoluto.
Supongamos, por un momento, que convertís al lobo en un barón lobuno, o al zorro en un diplomático zorruno. En seguida recordaréis que incluso los barones son humanos; seréis incapaces de olvidar que incluso los diplomáticos son hombres. Siempre estaréis buscando esa bonhomía accidental que debería acompañar a la brutalidad de cualquier hombre brutal; esa consideración hacia todas las cosas delicadas, incluida la virtud, que debería existir en cualquier buen diplomático.
En cuanto ponéis una cosa sobre dos patas en lugar de cuatro y la despojáis de plumas, no podéis evitar buscar a un ser humano, ya sea heroico, como en los cuentos de hadas, o poco heroico, como en las novelas modernas.
Pero al usar animales en este estilo austero y arbitrario, tal como se emplean en los escudos de la heráldica o en los jeroglíficos de los antiguos, el hombre ha logrado en verdad transmitir aquellas verdades formidables que llamamos perogrulladas.
Si el león caballeresco es rojo y rampante, es rígidamente rojo y rampante; si el ibis sagrado se parara en una pata en cualquier parte, se pararía en una pata para siempre.
En este lenguaje, semejante a un vasto alfabeto animal, están escritas algunas de las primeras certezas filosóficas de la humanidad. Así como el niño aprende A de Asno o B de Buey o C de Cabra, el hombre ha aprendido aquí a asociar las criaturas más simples y vigorosas con las verdades más simples y vigorosas.
Que un arroyo caudaloso no puede ensuciar su propia fuente, y que cualquiera que diga lo contrario es un tirano y un mentiroso; que un ratón es demasiado débil para luchar contra un león, pero demasiado fuerte para las cuerdas que pueden retener a un león; que un zorro que saca el máximo provecho de un plato llano fácilmente puede sacar el mínimo provecho de un plato hondo; que a la corneja a la que los dioses prohíben cantar, los dioses, sin embargo, le proporcionan queso; que cuando la cabra insulta desde la cima de una montaña no es la cabra la que insulta, sino la montaña: todas estas son verdades profundas grabadas profundamente en las rocas por donde el hombre ha pasado.
No importa cuán viejas sean, cuán nuevas; son el alfabeto de la humanidad, que como tantas formas de escritura pictográfica primitiva emplea cualquier símbolo vivo con preferencia al hombre.
Estos cuentos antiguos y universales son todos de animales; como los últimos descubrimientos en las cavernas más antiguas y prehistóricas son todos de animales.
El hombre, en sus estados más simples, siempre sintió que él mismo era algo demasiado misterioso para ser retratado. Pero la leyenda que esculpió bajo estos símbolos más rudos era en todas partes la misma; y ya fuera que las fábulas comenzaran con Esopo o comenzaran con Adán, ya fueran alemanas y medievales como Reynard el Zorro, o francesas y renacentistas como La Fontaine, el resultado es en todas partes esencialmente el mismo:
- que la superioridad es siempre insolente, porque es siempre accidental;
- que el orgullo precede a la caída;
- y que existe algo así como ser demasiado listo.
No hallarás ninguna otra leyenda más que esta escrita sobre las rocas por mano de hombre alguno.
Hay fábulas de todo tipo y época: pero solo hay una moraleja para la fábula; porque solo hay una moraleja para todo.
G. K. Chesterton