Un Granjero acababa de sembrar un campo de trigo y lo vigilaba atentamente, pues una gran cantidad de grajos y estorninos se posaban en él continuamente y se comían el grano.
Iba con él su Muchacho, que llevaba una honda: y siempre que el Granjero pedía la honda, los estorninos comprendían lo que decía y advertían a los grajos, y estos se marchaban al instante.
Así que al Granjero se le ocurrió una treta.
—Muchacho —dijo—, de algún modo debemos vencer a estos pájaros. A partir de ahora, cuando quiera la honda, no diré «honda», sino simplemente «¡ejem!» y entonces debes serme la honda con rapidez.
Poco después volvió toda la bandada.
—¡Ejem! —dijo el Granjero; pero los estorninos no hicieron caso, y él tuvo tiempo de lanzar varias piedras entre ellos, golpeando a uno en la cabeza, a otro en las patas y a otro en el ala, antes de que salieran del alcance.
Mientras se apresuraban a marchar, se encontraron con unas grullas, que les preguntaron qué pasaba.
—¿Que qué pasa? —dijo uno de los grajos—; los que pasan son esos bribones de los hombres. No os acerquéis a ellos. Tienen una forma de decir una cosa y querer decir otra que acaba de costarle la vida a varios de nuestros pobres amigos.