Un Saltamontes estaba sentado cantando en las ramas de un árbol. Un Zorro lo oyó y, pensando en el exquisito bocado que haría, intentó hacerlo bajar mediante un truco.
Parado abajo a la vista de todos, alabó su canto en los términos más halagadores y le suplicó que descendiera, diciendo que le gustaría conocer al dueño de tan hermosa voz.
Pero él no se dejó engañar, y respondió: «Se equivoca por completo, estimado señor, si se imagina que voy a bajar: me mantengo bien alejado de usted y de los de su especie desde el día en que vi gran cantidad de alas de saltamontes esparcidas alrededor de la entrada de la madriguera de un zorro».