Cierto hombre esculpió una imagen de madera de Mercurio y la puso a la venta en el mercado. Sin embargo, como nadie se ofrecía a comprarla, pensó en intentar atraer a un comprador pregonando las virtudes de la imagen.
Así que iba pregonando por todo el mercado: «¡Un dios a la venta! ¡Un dios a la venta! ¡Uno que os traerá buena suerte y os la conservará!».
En eso, uno de los mirones lo detuvo y le dijo: «Si tu dios es todo lo que pregonas, ¿cómo es que no te lo quedas y le sacas tú mismo el mayor provecho?».
«Te diré por qué —respondió él—; es verdad que trae ganancias, pero se toma su tiempo; mientras que yo necesito dinero de inmediato».