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El avaro

Un avaro vendió todo lo que tenía, fundió su reserva de oro en un solo lingote y lo enterró en secreto en un campo. Todos los días iba a contemplarlo y a veces pasaba largas horas regodeándose con su tesoro.

Uno de sus sirvientes advirtió sus frecuentes visitas al lugar, y un día lo vigiló y descubrió su secreto. Aprovechando la oportunidad, fue una noche, desenterró el oro y lo robó.

Al día siguiente, el avaro visitó el lugar como de costumbre y, al ver que su tesoro había desaparecido, comenzó a arrancarse los cabellos y a lamentarse por su pérdida. En tal estado lo vio uno de sus vecinos, quien le preguntó qué le pasaba.

El avaro le contó su desgracia; pero el otro le respondió: «No te lo tomes tan a pecho, amigo mío; pon un ladrillo en el agujero y míralo todos los días: no estarás peor que antes, pues incluso cuando tenías tu oro no te servía absolutamente para nada».

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