Unos ladrones entraron a robar en una casa y no encontraron nada que valiera la pena llevarse, excepto un gallo, al que capturaron y se llevaron con ellos.
Cuando se disponían a preparar la cena, uno de ellos agarró al gallo y estuvo a punto de torcerle el cuello, cuando este suplicó clemencia y dijo: «Por favor, no me matéis: me encontraréis un pájaro muy útil, pues despierto a los hombres honrados para su trabajo por la mañana con mi canto».
Pero el ladrón respondió con cierta irritación: «Sí, ya sé que lo haces, lo que nos dificulta aún más ganarnos la vida. ¡A la olla vas!».