Cierto hombre alquiló un Asno para un viaje en verano, y se puso en marcha con el dueño siguiendo detrás para arrear al animal.
Al poco rato, en lo más caluroso del día, se detuvieron a descansar, y el viajero quiso tumbarse en la Sombra del Asno; pero el dueño, que también deseaba ponerse a cubierto del sol, no quiso permitírselo, pues decía que había alquilado solamente el Asno y no su Sombra; el otro sostenía que su trato le garantizaba el control absoluto del Asno por el tiempo que durara el alquiler.
De las palabras pasaron a los golpes; y mientras se aporreaban mutuamente, el Asno puso pies en polvorosa y pronto se perdió de vista.