Cierto hombre que tenía un Asno y una Mula los cargó a ambos un día y emprendió un viaje.
Mientras el camino fue bastante llano, el Asno avanzó muy bien: pero al poco tiempo llegaron a un paraje entre los cerros donde el camino era muy escabroso y empinado, y el Asno estaba en las últimas. Así pues, le rogó a la Mula que lo aliviara de una parte de su carga; pero la Mula se negó.
Por fin, de puro cansancio, el Asno tropezó y cayó por un lugar empinado y murió.
El arriero estaba desesperado, pero hizo lo mejor que pudo: añadió la carga del Asno a la de la Mula, y además desolló al Asno y puso su piel encima de la doble carga. La Mula apenas podía soportar el peso extra y, mientras avanzaba tambaleándose dolorosamente, se dijo a sí misma: «Me he merecido lo que tengo: si al principio hubiera estado dispuesta a ayudar al Asno, ahora no estaría cargando con su peso y, de yapa, con su pellejo».