Un joven, que se creía todo un jinete, montó un caballo que no estaba bien domado y era sumamente difícil de controlar.
Apenas sintió el animal su peso en la silla, salió disparado y no hubo nada que lo detuviera.
Un amigo del jinete se lo cruzó en el camino durante su carrera desenfrenada y le gritó: «¿A dónde vas con tanta prisa?».
A lo que él, señalando al caballo, respondió: «No tengo idea: pregúntaselo a él».