Dos soldados que viajaban juntos fueron atacados por un bandido. Uno de ellos huyó, pero el otro plantó cara y blandió su espada con tanta fuerza que el bandido tuvo que huir y dejarlo en paz.
Cuando el camino quedó despejado, el cobarde regresó corriendo y, blandiendo su arma, gritó con voz amenazante: «¿Dónde está? Que me lo pongan delante, y pronto le haré saber con quién se las tiene que ver».
Pero el otro respondió: «Llegas un poco tarde, amigo mío: ojalá me hubieras apoyado hace un momento, aunque no hubieras hecho más que hablar, pues me habría animado al creer que tus palabras eran ciertas. Tal como están las cosas, cálmate y guarda tu espada: ya no sirve para nada. Podrás engañar a otros haciéndoles creer que eres valiente como un león, pero yo sé que, a la primera señal de peligro, huyes como una liebre».