Un cazador salió de caza y logró atrapar una liebre, la cual llevaba a casa consigo cuando se encontró con un hombre a caballo, quien le dijo: «Veo que ha tenido buena suerte, caballero», y se ofreció a comprársela.
El cazador aceptó de inmediato; pero el jinete, tan pronto tuvo la liebre en sus manos, espoleó a su caballo y se alejó a pleno galope.
El cazador corrió tras él un corto trecho; pero pronto se dio cuenta de que lo habían engañado, dejó de intentar alcanzar al jinete y, para salvar las apariencias, le gritó tan fuerte como pudo: «Está bien, caballero, está bien, quédese con su liebre: desde el principio iba con la intención de regalársela».