Un pastorcito cuidaba su rebaño cerca de una aldea, y pensó que sería muy divertido gastarle una broma a los aldeanos fingiendo que un lobo estaba atacando a las ovejas: así que gritó: «¡Lobo, lobo!», y cuando la gente acudió corriendo, él se rió de ellos por su esfuerzo.
Hizo esto más de una vez, y cada vez los aldeanos descubrieron que les habían tomado el pelo, pues no había ningún lobo.
Por fin un lobo apareció de verdad, y el muchacho gritó: «¡Lobo, lobo!» tan fuerte como pudo: pero la gente estaba tan acostumbrada a oírle llamar que no hizo caso de sus gritos de socorro.
Y así el lobo hizo su santísima voluntad, y mató oveja tras oveja a su anchura.
A un mentiroso no se le cree ni cuando dice la verdad.