Érase una vez una casa que estaba infestada de Ratones. Un Gato se enteró de esto y se dijo a sí mismo: «Ese es mi sitio», y se fue, se instaló en la casa, y atrapó a los Ratones uno por uno y se los comió.
Por fin los Ratones no pudieron soportarlo más, y decidieron meterse en sus agujeros y quedarse allí.
«Eso es un fastidio —se dijo el Gato—: lo único que hay que hacer es hacerlos salir con un truco».
Así pues, meditó un rato, y luego trepó por la pared y se dejó colgar de las patas traseras desde una clavija, y fingió estar muerto.
Al poco tiempo, un Ratón asomó la cabeza y vio al Gato colgado allí. «¡Ajá! —exclamó—, es usted muy lista, señora, sin duda: pero aunque decida convertirse en un saco de harina colgado ahí, no conseguirá que nos acerquemos a usted ni por asomo».
Si eres sabio, no te dejarás engañar por las aires inocentes de aquellos a quienes una vez has encontrado peligrosos.