Un hombre tenía dos hijas, a una de las cuales dio en matrimonio a un jardinero, y a la otra a un alfarero.
Al cabo del tiempo pensó en ir a ver cómo les iba; y primero fue a visitar a la mujer del jardinero. Le preguntó cómo estaba, y cómo le iban las cosas a ella y a su esposo. Ella respondió que, en general, les iba muy bien: —Pero —continuó—, de veras desearía que tuviéramos una buena lluvia copiosa: el jardín la necesita mucho.
Luego fue a ver a la mujer del alfarero y le hizo las mismas preguntas. Ella respondió que su esposo y ella no tenían nada de qué quejarse: —Pero —siguió diciendo—, de veras desearía que tuviéramos un clima seco y agradable para secar la alfarería.
Su padre la miró con una expresión humorística en el rostro. —Tú quieres tiempo seco —dijo—, y tu hermana quiere lluvia. Iba a pedir en mis oraciones que se cumplieran vuestros deseos; pero ahora se me ocurre que es mejor que no mencione el asunto.