que veían el amarillo pasar por decirlo así sobre el rojo como si estuviera vidriado; un carmín molido espeso, que se había secado en un platillo, lo llamaban rojo.
107.
Pero ahora se presentaba una diferencia llamativa. Si el carmín se pasaba tenuemente sobre el platillo blanco, comparaban el color claro así producido con el color del cielo, y lo llamaban azul. Si se les mostraba una rosa junto a él, de igual manera lo llamaban azul; y en todas las pruebas que se realizaron, parecía que no podían distinguir el azul claro del color rosa. Confundían el color rosa, el azul y el violeta en todas las ocasiones: estos colores solo les parecían diferenciarse entre sí por delicados matices de apariencia más clara, más oscura, más intensa o más tenue.
108.
Nuevamente no distinguían el verde del naranja oscuro, ni, de manera más específica, de un marrón rojizo.
109.
Si alguien, al conversar accidentalmente con estos individuos, llegaba a interrogarles acerca de los objetos circundantes, sus respuestas causaban la mayor perplejidad, y el interrogador empezaba a imaginarse que su propio juicio no andaba muy bien.
Con cierto método podemos, sin embargo, aproximarnos a un conocimiento más cercano de la ley de esta desviación respecto a la ley general.
110.
Estas personas, como puede deducirse de lo que se ha dicho, veían menos colores que los demás: de ahí surgía la confusión de colores diferentes.