que solo se presentan imperfectamente a la observación, que más bien podrían llamarse poderes que objetos, y que están siempre en movimiento a lo largo de la naturaleza. No se dejan apresar, y sin embargo encontramos necesario describirlas; de ahí que busquemos toda clase de fórmulas para, al menos figurativamente, definirlas.
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Las fórmulas metafísicas tienen amplitud además de profundidad, pero por esta misma razón exigen una importancia equivalente; el peligro aquí es la vaguedad.
Las expresiones matemáticas pueden emplearse en muchos casos de manera muy conveniente y afortunada, pero hay siempre en ellas una inflexibilidad, y pronto sentimos su insuficiencia; pues incluso en los casos elementales somos muy pronto conscientes de una idea inconmensurable; son, además, inteligibles únicamente para aquellos que están especialmente familiarizados con las ciencias a las que tales fórmulas se destinan.
Los términos de la ciencia de la mecánica se dirigen más a la mente ordinaria, pero son ordinarios en otros sentidos, y tienen siempre algo de tosco; destruyen la vida interior para ofrecer desde fuera un sustituto insuficiente para ella.
Las fórmulas de las teorías corpusculares están estrechamente emparentadas con las últimas; a través de ellas lo mutable se vuelve rígido, la descripción y la expresión toscas: mientras que, a su vez, los términos morales, que indudablemente pueden expresar relaciones más sutiles, producen al final el efecto de meros símbolos y corren el peligro de perderse en un juego de ingenio.