durante algún tiempo ni siquiera pudo obtener una audiencia justa para las comunicaciones menos objetables, o más bien altamente valiosas, contenidas en su libro. Una muestra de su modo de aludir a la teoría newtoniana se verá en el prefacio.
Era muy natural que este espíritu suscitara un sentimiento algo vindicativo y, con él, no pocas críticas poco sinceras además de implacables. "La doctrina de los colores" recibió esta acogida en Alemania mucho antes de que se advirtiera en Inglaterra, donde difícilmente cabía esperar un trato más clemente y justo, especialmente en una época en que, debido quizás al escaso intercambio con el continente, la literatura alemana era mucho menos popular de lo que es en la actualidad. Este último hecho, es verdad, puede tener escasa importancia en este caso, pues aunque debe reconocerse que el cambio de opinión respecto al genio de una nación ilustrada es beneficioso, es de esperar que no exista la moda en la ciencia, y el traductor desea declarar de una vez por todas que, al defender los méritos olvidados de "La doctrina de los colores", está muy lejos de emprender la defensa de sus supuestos errores. Sin embargo, ha transcurrido ya el tiempo suficiente desde la publicación de esta obra (en 1810) como para permitir un examen más sereno y sincero de sus pretensiones. En esta tarea más grata, Alemania ha vuelto a tomar la delantera desde hace algún tiempo,