las amplias laderas que se extendían por encima y por debajo de mí, el brezal, cada árbol aislado y roca saliente, y todas las masas de ambos, estaban cubiertos de nieve o escarcha. El sol se estaba hundiendo hacia los estanques de la Oder13. Durante el día, debido al tono amarillento de la nieve, ya se habían podido observar sombras con tendencia al violeta; ahora se podía afirmar que estas eran decididamente azules, mientras que las partes iluminadas mostraban un amarillo que se intensificaba hacia el anaranjado.
Pero cuando el sol por fin estaba a punto de ponerse, y sus rayos, enormemente mitigados por los vapores más densos, comenzaron a difundir un color rojo hermosísimo sobre toda la escena que me rodeaba, el color de la sombra cambió a un verde, en luminosidad comparable al verde mar, en belleza al verde de la esmeralda.
La apariencia se volvió cada vez más vívida: uno podría haberse imaginado en un mundo de hadas, pues cada objeto se había revestido con los dos colores tan vivos y armoniosos entre sí, hasta que al final, al ponerse el sol, el magnífico espectáculo se perdió en un crepúsculo gris, y gradualmente en una noche clara de luna y estrellas.
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Uno de los ejemplos más bellos de sombras de colores puede observarse durante la luna llena. La luz de la vela y la de la luna pueden disponerse de modo