en cualquier departamento, se requiere una aplicación incesante y cercana; y encontramos, por esta razón, que los hombres prefieren sustituir los hechos mismos por una visión teórica general, o por algún sistema de explicación, en lugar de tomarse la molestia de familiarizarse primero con los casos en detalle para luego construir un todo.
El intento de describir y clasificar los fenómenos de los colores solo se ha realizado dos veces: primero por Teofrasto,7 y en los tiempos modernos por Boyle. Las pretensiones del presente ensayo al tercer lugar difícilmente serán disputadas.
Nuestro recorrido histórico entra en mayores detalles. Aquí nos limitamos a observar que en el siglo pasado ni cabía pensar en semejante clasificación, porque Newton había basado su hipótesis en un fenómeno manifestado en un estado complicado y secundario; y a este se ingeniaban para remitir los demás casos que se imponían a la atención, cuando no podían ser pasados por alto en silencio; tal como lo haría un astrónomo si, por capricho, colocara la luna en el centro de nuestro sistema; se vería obligado a hacer que la tierra, el sol y los planetas girasen en torno al cuerpo menor, y a disimular y encubrir el error de su primera suposición mediante cálculos ingeniosos y afirmaciones plausibles.
En nuestras observaciones preliminares supimos que el lector estaba familiarizado con lo que se sabía respecto a la luz; aquí suponemos lo mismo con respecto al