Aunque el hombre es de entre todos los vehículos el más curioso —dijo mi padre—, al mismo tiempo es de una estructura tan endeble y está tan precariamente ensamblado, que los repentinos tirones y duros tropezones con los que inevitablemente tropieza en este áspero viaje lo volcarían y harían pedazos una docena de veces al día, si no fuera, hermano Toby, porque hay un resorte secreto dentro de nosotros.—Cuyo resorte —dijo mi tío Toby—, considero que es la religión.—¿Le enderezará eso la nariz a mi hijo? —gritó mi padre, soltando su dedo y golpeándose una mano contra la otra.—Nos lo endereza todo—respondió mi tío Toby.—Hablando figuradamente, querido Toby, puede que así sea, por lo que a mí sé —dijo mi padre—; pero el resorte de que hablo es esa gran y elástica fuerza dentro de nosotros para contrarrestar el mal, la cual, como un resorte secreto en una máquina bien ordenada, aunque no puede evitar el golpe, al menos engaña a nuestra sensibilidad al respecto.
Ahora bien, querido hermano —dijo mi padre, volviendo a colocar su dedo índice mientras se acercaba más al asunto—, de haber llegado mi hijo a este mundo sano y salvo, sin martirizarle en esa preciosa parte de él; por muy fantasioso y estrafalario que pueda parecerle al mundo mi parecer sobre los nombres de pila, y sobre esa sesgada magia que los nombres buenos o malos imprimen irresistiblemente en nuestro carácter y nuestra conducta —¡el cielo es testigo!—, jamás deseé, ni en los más cálidos transportes de mis deseos por la prosperidad de mi hijo, coronar su cabeza con más gloria y honor de los que George o Edward habrían esparcido a su alrededor.
¡Pero ay de mí! —continuó mi padre—, ya que el mayor mal le ha acontecido, debo contrarrestarlo y deshacerlo con el mayor bien.
Se llamará Trismegisto, hermano.
—Ojalá responda⸺replicó mi tío Toby, incorporándose.