“Nihil me poenitet hujus nasi,” decía Pánfago;⸺es decir—“Mi nariz ha sido mi salvación”.⸺⸻“Nec est cur poeniteat,” responde Cocles; es decir, “¿Cómo diablos iba a fallar semejante nariz?”.
La doctrina, ya veis, había sido expuesta por Erasmo , tal como mi padre deseaba, con la máxima claridad; pero la desilusión de mi padre estuvo en no encontrar en pluma tan capaz más que el puro hecho en sí; sin ninguna de esas sutilezas especulativas o de esa ambidextría en la argumentación que el Cielo había concedido al hombre a propósito para investigar la verdad y luchar por ella en todos los frentes.⸺Mi padre hizo visajes y resopló al principio de lo más terrible⸻vale algo tener un buen nombre. Como el diálogo era de Erasmo , mi padre pronto volvió en sí, y lo leyó una y otra vez con gran aplicación, estudiando cada palabra y cada sílaba de cabo a rabo en su interpretación más estricta y literal—a pesar de ello, no pudo sacarle nada en limpio por ese camino. Tal vez haya más intención de la que se dice en él, se dijo mi padre.⸺Los hombres cultos, hermano Toby , no escriben diálogos sobre narices largas por nada.⸻Estudiaré el sentido místico y alegórico⸺aquí hay algo de margen para moverse uno a sus anchas, hermano.
Mi padre siguió leyendo.—Ahora encuentro necesario informar a vuestras reverencias y señorías, que además de los muchos usos náuticos de las narices largas enumerados por Erasmo, el dialoguista afirma que una nariz larga no carece tampoco de comodidades domésticas; pues en un caso de apuro —y a falta de un fuelle— servirá maravillosamente, ad ixcitandum focum (para avivar el fuego).
La naturaleza había sido pródiga en sus dones con mi padre sin medida, y había sembrado las semillas de la crítica verbal tan profundamente en su interior, como lo había hecho con las semillas de todo otro conocimiento—de modo que había sacado su cortaplumas y estaba haciendo experimentos con la frase, para ver si no podía raspar en ella un sentido mejor.—Estoy a una sola letra, hermano Toby,—exclamó mi padre, del sentido místico de Erasmo.—Estás bastante cerca, hermano, respondió mi tío, a fuer de conciencia.—¡Pamplinas!—exclamó mi padre, siguiendo a raspar—Tan lejos podría estar como a siete leguas.—Ya está—dijo mi padre, chasqueando los dedos—Mira, querido hermano Toby, cómo he enmendado el sentido.—Pero has arruinado una palabra, replicó mi tío Toby.—Mi padre se puso las gafas—se mordió el labio—y arrancó la hoja en un arrebato.