—¿Y cómo sigue su señora? —exclamó mi padre, dando el mismo paso hacia atrás desde el descansillo, y llamando a Susannah, a quien vio pasar por el pie de la escalera con un enorme acerico en la mano—; ¿cómo sigue su señora? Tan bien, dijo Susannah, pasando ligera, pero sin levantar la vista, como cabe esperar. —¡Qué tonto soy! —dijo mi padre, retirando de nuevo la pierna—; vayan las cosas como fueren, hermano Toby, esa es siempre la respuesta exacta⸺. ¿Y cómo está el niño, por favor? ⸺Sin respuesta. ¿Y dónde está el doctor Slop? —añadió mi padre, alzando la voz y asomándose por la barandilla—; Susannah ya estaba fuera de alcance.
De todos los enigmas de la vida conyugal, —dijo mi padre, cruzando el rellano para apoyar la espalda contra la pared mientras se lo proponía a mi tío Toby—, de todos los desconcertantes enigmas, dijo, del estado matrimonial —de los cuales puedes creerme, hermano Toby, hay más cargas de asnos que todas las recuas de asnos que Job poseía—, no hay uno solo que encierre más marañas que este: que desde el preciso instante en que la señora de la casa da a luz, cada hembra en ella, desde la doncella de mi señora hasta la carbonera, crece una pulgada por ello; y se dan más aires por esa única pulgada que por todas sus otras pulgadas juntas.
Creo más bien, replicłó mi tío Toby , que somos nosotros los que nos hundimos una pulgada más.—Si me encuentro con una mujer encinta—lo hago.—Es un pesado impuesto sobre esa mitad de nuestros semejantes, hermano Shandy , dijo mi tío Toby —Es una penosa carga sobre ellas, continuó, sacudiendo la cabeza—Sí, sí, es algo doloroso—dijo mi padre, sacudiendo la cabeza también⸺pero ciertamente, desde que el sacudir de cabezas se puso de moda, jamás dos cabezas se habían sacudido juntas, al unísono, por dos resortes tan diferentes.
Dios bendiga ¡Que se los lleve el diablo! a todos⸻dijeron mi tío Toby y mi padre, cada uno para sus adentros.