Desearía que mi padre o mi madre, o por cierto ambos, tal como estaban ambos obligados a ello por el deber, hubiesen atendido a lo que se traían entre manos cuando me engendraron; si hubiesen considerado debidamente cuánto dependía de lo que entonces hacían;—que no solo la producción de un Ser racional estaba en juego en ello, sino que acaso la dichosa formación y complexión de su cuerpo, tal vez su genio y el molde mismo de su mente;—y, por cuanto sabían en contra, hasta las fortunas de toda su casa podrían tomar su giro a partir de los humores y disposiciones que entonces predominaran;—Si hubiesen pesando y considerado debidamente todo esto, y procedido en consecuencia,—estoy verdaderamente persuadido de que habría hecho un papel bien distinto en el mundo de aquel en que el lector está llamado a verme.—Creedme, buena gente, esto no es cosa tan baladí como muchos de vosotros podréis pensar;—todos habréis oído hablar, me atrevo a decir, de los espíritus animales, y de cómo son trasfundidos de padre a hijo, etc., etc. —y un sinfín a ese respecto:—Pues bien, podéis creerme bajo mi palabra, que nueve partes de diez del buen o mal juicio de un hombre, de sus éxitos y fracasos en este mundo dependen de sus movimientos y actividad, y de los diferentes surcos y carriles en que se les encauce, de modo que una vez puestos en marcha, ya sea bien o mal, importa un comino,—allá van alborotando como ánimas en pena; y al pisar los mismos pasos una y otra vez, se abren al punto un camino, tan llano y tan liso como el sendero de un jardín, del que, una vez acostumbrados a él, ni el Diablo mismo será capaz a veces de apartarlos.
—Te supliqué, querida —dijo mi madre—, ¿no habrás olvidado darle cuerda al reloj? ⸻¡Santo D⸺! —exclamó mi padre, profiriendo una exclamación, pero cuidando de moderar su voz al mismo tiempo—, ¿Hubo jamás mujer alguna, desde la creación del mundo, que interrumpiera a un hombre con una pregunta tan necia? Te ruego, ¿qué estaba diciendo tu padre?⸻Nada.