De los pocos hijos legítimos de Adán cuyos pechos jamás sintieron cuál era el aguijón del amor —(sosteniendo ante todo que todos los misóginos son bastardos)—, los mayores héroes de la historia antigua y moderna se han llevado entre todos nueve partes de diez de la gloria; y por el bien de ellos desearía tener la llave de mi estudio, sacada de mi pozo artesiano, solo por cinco minutos, para decirles sus nombres —recordarlos no puedo—, así que conformaos por ahora con aceptar estos en su lugar.⸻
Allí estaba el gran rey Aldrovandus, y Bosphorus, y Cappadocius, y Dardanus, y Pontus, y Asius,—por no hablar del de corazón de hierro Carlos XII, de quien la mismísima condesa de K* no pudo sacar nada en limpio.—Allí estaba Babylonicus, y Mediterraneus, y Polixenes, y Persicus, y Prusicus, ninguno de los cuales (excepto Cappadocius y Pontus, de los cuales se sospechaba un poco en ambos casos) inclinó jamás el pecho ante la diosa—La verdad es que todos ellos tenían otra cosa que hacer—y lo mismo le pasaba a mi tío Toby—hasta que el Destino—hasta que el Destino, digo, envidiando a su nombre la gloria de ser transmitido a la posteridad junto con el de Aldrovandus y los demás,—apañó vilmente la paz de Utrecht.
⸺Créanme, señores, fue la peor acción que hizo ese año.