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nydus/The Life and Opinions of Tristram Shandy, GentlemanPublic
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Introducción

Apenas puede decirse que Sterne fuera una persona desafortunada durante su vida, aunque él parece haberse tenido por tal.

Su infancia fue en verdad un tanto menesterosa, y murió joven y endeudado, tras algunos años de salud muy precariedad. Pero desde el tiempo en que fue a Cambridge, las cosas le marcharon en conjunto muy razonablemente bien en lo que respecta a la fortuna; su mala salud no parece haberle causado gran zozobra; sus últimos diez años le dispensaron fama, coqueteos, deambulares y otros placeres y diversiones a pedir de boca; y sus deudas solo molestaron a quienes dejó atrás.

Se deleitaba en su hija; pudo librarse de su esposa, cuando estaba más fatigatus et aegrotus de ella de lo habitual, con singular facilidad.

Durante la desconocida, o casi desconocida, mitad de su vida tuvo amigos del tipo que le era más afín; y tanto en su época de preparación como en su época de producción literaria, pudo dar rienda suelta a su genio de un modo que no es en absoluto común entre los hombres de letras.

Si su deseo de morir de un modo y en circunstancias determinadas no era más que bravuconería —y bravuconería prestada—, aun así se le concedió; y es muy seguro que para él una vejez de enfermedad real habría sido un suplicio absoluto. Incluso si admitimos las espeluznantes historias sobre el destino de sus restos, había muy pocas razones para que cualquiera no se hubiera anticipado a las palabras del señor Swinburne al día siguiente de la muerte de Sterne y hubiera dicho: «¡Oh, hermano, los dioses fueron buenos contigo!», aunque incluso entonces lo hubiera dicho con una especie de reserva mental sobre la cuestión de si Sterne había sido muy bueno con los dioses.

Némesis, con el fin de equilibrar las cosas, le jugó la excepcionalmente cruel jugarreta de valerse de la intervención de su adorada hija.

Poco o nada parece saberse de «Lydia Sterne de Medalle», como le placía firmar; o de la «señora Medalle», como la llaman sus francos contemporáneos británicos. Pero que debió de ser una persona muy necia, muy estúpida o sumamente insensible, parece cosa cierta.

Parecería, en verdad, que se requería una combinación de la ligereza y la falta de gusto que su padre demostró con demasiada frecuencia, junto con la insensibilidad que (a partir de una inferencia bastante injusta sobre la señora Shandy) a veces se supone que caracterizó a su madre, para incitar o permitir que una hija publicara semejante colección de cartas como aquellas que vieron la luz por primera vez en 1775.

La caridad, no desprovista de probabilidad, ha confiado en que Madame de Medalle no sabía latín, pero sin duda sabía inglés; y solo un corazón absolutamente corrompido, o una cabeza incurablemente obtusa o ligera, pudo ocultarle el hecho de que no pocas de las cartas en inglés que publicó perjudicaban la reputación de su padre.

Su supuesta excusa —que su madre, que entonces ya había muerto, le había pedido que, si se publicaba alguna carta bajo el nombre de su padre, publicara estas, y que la correspondencia entre «Yorick y Eliza» ya había aparecido— es totalmente insuficiente.

Pues la señora Sterne, de cuya conducta no sabemos nada desfavorable, y sí una o dos cosas claramente a su favor, solo pudo haber querido decir «aquellas de estas que dejen a tu padre en buen lugar», de otro modo las habría publicado ella misma.

Sin embargo, aunque Lydia pudo, sin tomarse la menor molestia editorial, desviarse de su camino para ofrecer una disculpa tonta y remilgada por publicar un pasaje en el que se celebran sus encantos y méritos, parece que jamás se detuvo a pensar en lo que estaba haciendo de otras maneras.

Tampoco terminaron las desgracias de Sterne de esta índole con la publicación de tales obras; pues la correspondencia con Fourmentelle, descubierta con posterioridad, lo hundió un poco más ante los jueces minuciosos. Sin duda, Tristram Shandy, el Viaje sentimental y las curiosas historias o tradiciones sobre su autor no estaban exactamente concebidas para granjearle a Sterne una muy alta reputación ante las autoridades austeras. Pero son estas infelices cartas las que lo dejan casi irremediablemente fuera de juego.

Aun la ligera tregua de la fortuna que al fin le brindó, en la persona del señor Percy Fitzgerald, un biógrafo muy bondadoso, muy infatigable y con un genio natural para descubrir datos y documentos inéditos, no hizo más que empeorar las cosas en ciertos aspectos.

Y la consecuencia es que se ha vuelto un lugar común y casi una necesidad compensar la alabanza del genio de Sterne maldiciendo su carácter.

  • Johnson, si bien se negó a negarle talento, parece haber estado demasiado disgustado como para hablar libremente de él;
  • la bondad natural de Scott, su cálida admiración por mi tío Toby y su total ausencia de prudifactería remilgada parecen, sin embargo, haberlo dejado incómodo y con la lengua atada al hablar de Sterne;
  • Thackeray, como bien se sabe, se excedió en todos los límites al denunciarlo;
  • y su principal biógrafo crítico reciente, el señor Traill, que probablemente esté tan libre de fariseísmo, británico o de otra clase, como cualquier hombre que haya escrito en inglés, dice lo que piensa de la manera más implacable.

Por mi parte, no dudo en decir que opino que cartas de este tipo no deberían publicarse en absoluto; y aunque pueda parecer paradójico o necio, no estoy nada seguro de que, si se publican, deban ser admitidas como prueba.

Aquello que no está escrito para el público no es asunto del público; y nunca leo cartas de este género, publicadas por primera vez, sin sentirme como un mirón furtivo.

Por desgracia, las pruebas aportadas por las cartas encajan demasiado bien con las aportadas por las obras publicadas, por sus compinches y compañeros favoritos y por su reputación general, de modo que «lo que el reo dice» debe, sin duda, «ser utilizado en su contra».

Puede dudarse si fue por casualidad o por su habitual y deliberada excentricidad que Sterne, en el conocido resumen de su vida que (muy al final de esta) redactó para su hija, dedicó casi todo el espacio a su infancia.

Quizá pueda explicarse, de manera bastante razonable, suponiendo que de sus últimos años pensaba que su hija sabía tanto como él deseaba que supiera, mientras que del período intermedio tenía poco o nada que contar.

De hecho, de las dos primeras etapas todavía sabemos muy poco aparte de lo que él ha querido contarnos en una de las digresiones más características y no menos encantadoras de su pluma.

Laurence Sterne fue, con dos hermanas, el único «niño permanente» (por tomar una agradable frase del señor Traill) de una muy prolífica pero sumamente impermanente familia, dado a luz en las circunstancias más inoportunas posibles por Agnes Nuttle, o Herbert, o Sterne, viuda e hija o hijastra de un vivandero de nuestro ejército en Flandes, a Roger, segundo hijo de Simon Sterne de Elvington, en Yorkshire, quien era el tercer hijo del doctor Richard Sterne, arzobispo de York.

Los Sterne pertenecían a una familia noble, aunque no muy distinguida, la cual, tras asentarse en Suffolk, migró a Nottinghamshire. Tras el ascenso del arzobispo (que había sido un intrépido caballero, como director del Jesus College en Cambridge, en los malos tiempos), obtuvieron, como era de esperar, diversos establecimientos mediante matrimonio o beneficio en el propio Yorkshire. Muy poca dote de ninguna clase, sin embargo, le tocó en suerte a Roger Sterne, que era alférez en lo que más tarde se clasificaría como el 34.º regimiento.

Laurence, su hijo mayor, nació en Clonmel, Irlanda, donde vivía la familia de su madre, y justo después de que el regimiento de su padre hubiera sido disuelto.

No tardó en ser restablecido, sin embargo, y se convirtió en el más «itinerante» de todos los cuerpos de marcha; pues aunque su cuartel general solía estar en Irlanda, se le destinaba constantemente a otras partes, y Roger Sterne vio servicio activo tanto en Vigo como en Gibraltar.

En esta última plaza libró un duelo de carácter sumamente shandeano «a propósito de un ganso». Le atravesaron el torso y lo clavaron a la pared; tras lo cual, según se cuenta, le rogó a su antagonista que tuviera la amabilidad de limpiar el yeso de la espada antes de sacársela del cuerpo.

A pesar de tanta consideración, sin embargo, y de una recuperación inmediata, la herida lo debilitó tanto que, al ser destinado a Jamaica, contrajo unas fiebres y murió allí en marzo de 1731.

Como Lawrence había nacido el 24 de noviembre de 1713, tenía casi dieciocho años; y la familia mientras tanto se había visto incrementada con otros cuatro hijos que murieron, y una hija menor, Catherine, quien, al igual que la mayor, Mary, sobrevivió.

Hasta los nueve o diez años, el muchacho siguió las fortunas sumamente variables de su familia, las cuales diversificó aún más al caerse, no por un cauce de molino, sino dentro de un molino en funcionamiento.

Luego fue enviado a la escuela en Halifax, en Yorkshire, y poco después prácticamente adoptado por su primo Sterne de Elvington, quien, llegado el momento, lo envió al Jesus College de Cambridge, cuya vinculación familiar había comenzado con su bisabuelo.

Fue admitido allí el 6 de julio de 1733, teniendo entonces casi veinte años, y obtuvo su título de bachiller en artes en 1736, y el de maestro en artes en 1740.

La única tradición de su etapa escolar es su propia anécdota de que, habiendo escrito su nombre en el techo de la escuela, fue azotado por el asistente, pero felicitado como un «muchacho de genio» por el maestro, quien dijo que el nombre jamás debía ser borrado. Esta anécdota, como era de esperarse, no se ha librado del aqua fortis de la crítica.

No sabemos prácticamente nada de la carrera de Sterne en Cambridge, salvo las fechas antes mencionadas, el hecho de haber sido elegido primero como sizar [estudiante becario de servcios] y luego, por parentesco con el fundador, para una beca dotada por el arzobispo Sterne, y el incidente relatado por él mismo de que allí contrajo su amistad de toda la vida con un pariente lejano y compañero de Jesus College, John Hall, o John Hall Stevenson, de quien se hablará más adelante.

Pero Sterne tenía un motivo más para reconocer que su familia se mantendría unida. No bien hubo obtenido su título universitario, cuando fue acogido por un hermano de su padre, Jaques Sterne, un gran beneficiado en la diócesis de York, una persona muy atareada y dominante, y un ferviente whig y partidario de los Hannover.

Bajo su tutela, Sterne se ordenó de diácono en marzo de 1736 de manos del obispo de Lincoln; y tan pronto como, dos años más tarde, hubo sido ordenado sacerdote, fue designado para el curato de Sutton-on-the-Forest, a ocho millas de York.

El tío y el sobrino, años más tarde, se enemistaron amargamente —según el relato de este último, porque se negaba a escribir «párrafos sucios en los periódicos», por no ser «hombre de partido». Cabe dudar que Sterne hubiera mostrado especial repugnancia por lo que escribía; pero es seguro que no manifiesta espíritu partidista en ninguna parte, y sí muy poco interés por la política como tal.

Sin embargo, durante algunos años su tío fue sin duda su protector activo, y le consiguió dos prebendas y otros beneficios especiales relacionados con la diócesis y el cabildo de York, de modo que llegó a conocer íntimamente, como muestra Tristram, la sociedad catedralicia de allí.

Ha sido una regla constante en la Iglesia anglicana (si no, como en la griega, un sine quâ non) que, cuando a un hombre se le ha provisto de un beneficio eclesiástico, deba, si no lo ha hecho antes, proveerse de una esposa; y Sterne era un hombre muy poco propenso a romper la buena costumbre a este respecto.

Muy pronto al menos tras su ordenación se enamoró de Elizabeth Lumley, una joven de una buena familia de Yorkshire y de cierta pequeña fortuna, la cual, sin embargo, durante un tiempo consideró «insuficiente» para compartir con él, pero que, según le dijo durante un acceso de enfermedad, le legaba en su testamento.

Sobre la base de dos retratos bastante inauténticos y, según creo, hoy inubicables, vistos por este o aquel individuo en tiendas de estampas o en otros lugares, se dice que era poco agraciada.

Ciertas expresiones en las cartas de Sterne parecen dar a entender que poseía una voluntad propia, más bien exasperantemente firme y no demasiado inteligente; y unos veinte o veinticinco años después del matrimonio, M. Tollot, un francés propenso al chisme, con ideas francesas acerca del deber de los maridos y las mujeres de seguir caminos separados, afirmó que a ella le gustaba meter la cuchara en todas partes y hostigaba con su presencia al «bueno y agradable Tristram».

Pero Sterne, a pesar de sus temerarias confesiones de indiferencia conyugal, y algo peor, no dice nada grave ni malintencionado sobre ella; y uno o dos rasgos y dichos suyos, especialmente su negativa a escuchar a una entrometida que quería contarle habladurías sobre «Eliza», parecen denotar sensatez y dignidad.

Que en sus últimos años a ella le importara poco estar con un marido que hacía tiempo estaba «cansado y harto» de ella no es algo que la desacredite.

Su hija, con la casi invariable mala suerte o el mal juicio que parece haberla perseguido, publicó ciertas cartas de esta época de noviazgo, aunque durante muchos años después no dio a conocer nada más.

El uso que se hizo de estos coqueteos al estilo de Strephon o Damon, en contraste con las expresiones que el autor usó mucho después respecto a su esposa y a otras mujeres, es quizás un poco injusto; pero hay que admitir que, aunque resultan demasiado característicos y divertidos como para omitirlos, son cualquier cosa menos muestras brillantes en su género.

En particular, la amarga burla de Thackeray sobre el pasaje inefablemente melindroso: «Mi L. ha visto florecer un poliantos en diciembre», está bastante justificada.

Si, sin embargo, el matrimonio, que, una vez superadas las dificultades, tuvo lugar el lunes de Pascua, 30 de marzo de 1741, no le trajo a Sterne una felicidad duradera, probablemente se la aportó en su momento, y sin duda le reportó un aumento de fortuna; pues, además del poco dinero que tenía la señorita Lumley, un amigo de ella concedió a su esposo el beneficio adicional de Stillington.

Estas diversas fuentes de ingresos debieron de constituir una renta considerable que, tras la publicación de Tristram, se vio complementada aún más por otro beneficio que le otorgó lord Falconbridge en Coxwold, un curato de no gran valor, pero un lugar de residencia agradable.

A esto hay que añadir los beneficios de sus libros en los últimos ocho años de su vida, que para la época eran considerables, y se verá que, como se ha dicho antes, Sterne podría haber estado mucho peor provisto de los bienes de este mundo de lo que estuvo.

Parece que, como otras personas, hizo algunos experimentos agrícolas bastante costosos; y su modo de vida en sus últimos tiempos, entre sus propios viajes y estancias en Londres, y la larga residencia por separado de su esposa y su hija en Francia, resultó caro.

Pero se queja poco de la pobreza; y aunque murió endeudado, gran parte de esa deuda no se debió a culpa suya, sino al incendio de la casa rectoral de Sutton.

Es tanto más notable por un lado, aunque la ausencia de cualquier presión de necesidad pueda explicarlo por otro, que los grandes dotes literarios de Sterne hayan permanecido durante tanto tiempo sin encontrar ninguna clase de expresión literaria, a no ser que fuera al modo periodístico, respecto al cual primero complació y después disgustó a su tío.

No hay, según creo, disputa alguna sobre el hecho de que él supera, y por muchos años, a cualquier otro hombre de letras de más o menos su rango —excepto a Cowper, cuya aflicción lo deja fuera de comparación— en la tardanza de su tiempo de fructificación. Habían transcurrido casi veinticinco años desde que obtuvo su título universitario cuando apareció Tristram Shandy; y, dejando a un lado los sermones, lo absolutamente más temprano que se le conoce, The History of a Good Watch Coat, solo se adelantó a Tristram por dos años o un poco menos. Sin duda estuvo «forjándose todo ese tiempo»; pero la forja debió de ser un proceso extraordinariamente lento.

Tampoco empleaba el tiempo, como muchos escritores, en preparar lo que luego iba a publicar, a excepción de algunos de sus sermones. Consta positivamente que Tristram fue escrito simplemente a medida que se iba publicando, al igual que el Viaje.

Tampoco es la primera, ni mucho menos, un libro largo. Tiene casi exactamente la misma extensión que la Amelia de Fielding si se imprime de corrido; y aun así hay que hacer más concesiones, no solo a sus plagios libres y audaces, sino a sus párrafos constantemente interrumpidos, asteriscos, guiones y otras artimañas. Si fuera posible exprimirlo, como se exprime una esponja, hasta alcanzar la textura sólida de un libro corriente, dudo que fuera mucho más largo que Joseph Andrews.

Probablemente se admitirá, sin embargo, que la idiosincrasia de los escritos de la última e incompleta década de Sterne, aun cuando sea en parte solo una idiosincrasia de manierismo, es casi lo suficientemente grande como para justificar los casi treinta años de Lehrjahre (a partir de su ingreso en Cambridge) que la precedieron.

Es verdad que de las ocupaciones reales de estos años sabemos extremadamente poco; en efecto, lo que sabemos, a diferencia de lo que son conjeturas y deducciones, se resume casi por completo en la pluma ágil y juguetona del propio Sterne de este modo: «Permanecí cerca de veinte años en Sutton, cumpliendo con mis deberes en ambos lugares [es decir, Sutton y Stillington]. Entonces gozaba de muy buena salud. Los libros, la pintura, tocar el violín y la caza eran mis pasiones;» a lo cual solo añade que él y el hacendado de Sutton no eran muy buenos amigos, pero que en Stillington la familia Croft era extremadamente amable y afectuosa.

De otras fuentes, entre las que se cuentan, es verdad, sus propias cartas —aunque las fechas y alusiones de estas son tan inciertas que resultan ser guías muy poco fiables—, descubrimos que su principal compinche durante este período, al igual que durante toda su vida, fue el ya mencionado John Hall, quien había adoptado el apellido Stevenson y era señor del castillo de Skelton, una casa muy antigua y curiosa situada en los límites de los páramos de Cleveland, no lejos de la ciudad de Guisborough.

El amo del castillo «Loco» —le gustaba dar este nombre a su casa, que después utilizó para titular su libro de Cuentos locos—, sus costumbres y su biblioteca suelen ser considerados responsables de corromper la inocente mente de Sterne, la cual imagino que se prestaba a dicho proceso de manera de lo más dócil y sumisa; pero, fuera este el caso o no, es evidente que Stevenson no gozaba de muy buena reputación. No es seguro, pero se afirmaba, que había sido monje en Medmenham. Reunió en torno a sí en Skelton a una sociedad que, aunque no pesaban sobre ella acusaciones tan graves como sobre la de Wilkes y Dashwood, era bastante libertina; era un humorista, tanto en el sentido antiguo como en el moderno, y sus Cuentos locos eran, si no muy locos, más bien ejercicios de la imaginación tristes y malos.

En medio de todo este mundo de sueños y conjeturas, casi los únicos hechos sólidos en la vida de Sterne son los nacimientos de dos hijas, una en 1745 y la otra dos años después. Ambas fueron bautizadas con el nombre de Lydia; la primera murió poco después de nacer, la segunda llegó a ser la debilidad de ambos padres, el objeto de los sentimientos más honorables de la vida de Sterne, la esposa de un francés desconocido, el señor de Medalle, y, como se ha dicho, la destructora probablemente involuntaria de la última oportunidad de reputación de su padre.

Nuestra exuberante nesciencia en asuntos sternianos se extiende hasta la publicación misma de Tristram, en lo que concierne a las causas determinantes de su producción. Es verdad que en pasajes de las cartas Sterne parece decir que su experimento con la pluma fue impulsado por el deseo de resarcir unas pérdidas agrícolas, y en otra parte que estaba cansado de emplear su cerebro para provecho ajeno, como lo había hecho durante algunos años en favor de una persona ingrata, a saber, su tío. Este último pasaje fue escrito justo antes de que saliera a la luz Tristram; pero en ningún momento fue Sterne un cronista muy fidedigno de sus propios motivos, y parecería que la pelea con su tío debió de ocurrir bastante antes. Sea como fuere, el año 1759 parece haber transcurrido escribiendo los dos primeros volúmenes del libro, y The Life and Opinions of Tristram Shandy, Gent., publicado por John Hinxham, Stonegate, York, pero adquirible también en diversos libreros de Londres, apareció el 1 de enero de 1760. Ojalá Sterne hubiera pensado en guardarlo hasta el 1 de abril, cosa que probablemente habría hecho entonces.

Las comparativamente breves últimas escenas de su vida fueron tan atareadas y variadas como su larga trayectoria intermedia había sido exteriormente monótona.

Aunque su libro se publicó nominalmente en York, él había subido a Londres para supervisar los arreglos para su venta allí, tal vez no sin la esperanza de triunfar. Si fue así, la Fortuna prefirió no jugarle sus trucos habituales. En York, la extremada personalidad del libro despertó un interés de índole doble y dudosa; pero, para jugar con unas palabras de Dryden, «a Londres le gustó a lo grande» y se tragó Tristram Shandy entero con singular avidez.

Su autor llegó a la capital justo a tiempo para disfrutar de los resultados de esto, y fue uno de los principales leones de la temporada de 1760, una posición que disfrutó con una franqueza infantil que no es lo menos agradable de su historia. Uno de sus innumerables coqueteos, probablemente de los menos importantes, aunque por accidente uno de los más conocidos, con una señorita Fourmentelle, quedó aparentemente apagado por esta distracción cuando estaba a punto de llegar tan lejos que la dama había venido en realidad sola a Londres para encontrarse allí con Sterne.

Fue presentado a personas tan diversas como Garrick y Warburton, del último de los cuales recibió, en circunstancias bastante misteriosas, un regalo de dinero.

Frecuentaba a ministros y caballeros de la Jarretera; se vio abrumado a invitaciones y visitas; y, como se ha dicho, recibió un obsequio muy sólido en forma del beneficio eclesiástico de Coxwold.

  • Tristram alcanzó una segunda edición con rapidez;
  • su autor pudo anunciar una recopilación de «Sermones del Sr. Yorick» en abril;
  • y marchó a su nuevo curato a principios del verano, decidido a ponerse a trabajar con energía en más de la obra que tanta fortuna le había deparado.

Para finales de año tenía listos dos volúmenes más, volvió a la capital y de nuevo, cuando los volúmenes iii y iv hubieron aparecido, a finales de enero de 1761, se vio asediado por admiradores.

Por estos dos recibió 380 libras de Dodsley, quien antes había evitado el libro. Tuvieron tanto éxito como el primer par; y de nuevo Sterne pasó toda la primavera y principios del verano en Londres, regresando a Yorkshire para fabricar más Shandy en otoño.

Fue aún más rápido con el tercer lote, y se publicó en diciembre de 1761, cuando de nuevo se encontraba en la capital, pero ahora meditaba un vuelo más largo.

Su salud había estado decayendo notablemente, y obtuvo permiso del arzobispo por un año seguro, y tal vez dos, para ir al sur de Francia. Fue calurosamente recibido en París, donde su obra había alcanzado una popularidad que nunca ha perdido del todo, y el armazón de hechos (incluidas las dificultades con el pasaporte) para Viaje sentimental, así como para el séptimo volumen de Tristram, se gestó durante la primavera. Sus planes cambiaron entonces, al determinarse que su esposa y su hija (quienes habían heredado su constitución) debían reunirse con él. Lo hicieron tras algunas dificultades, y el novelista tonto — Nota del traductor: "consumptive" en español se traduce como tonto en este contexto literario o consumido/tuberculosis... espérate, la instrucción dice "Return ONLY the translation" — Su salud había estado decayendo notablemente, y obtuvo permiso del arzobispo por un año seguro, y tal vez dos, para ir al sur de Francia. Fue calurosamente recibido en París, donde su obra había alcanzado una popularidad que nunca ha perdido del todo, y el armazón de hechos (incluidas las dificultades con el pasaporte) para el Viaje sentimental, así como para el séptimo volumen de Tristram, se gestó durante la primavera. Sus planes cambiaron entonces, al determinarse que su esposa y su hija (quienes habían heredado su constitución) debían reunirse con él. Lo hicieron tras algunas dificultades, y el novelista tisico, tras haber pasado todo el invierno en uno de los peores climas de Europa, el de la capital francesa, partió con su familia en los calores tóridos de julio hacia Toulouse, donde por fin se establecieron hacia mediados de agosto.

Toulouse se convirtió en la morada de Sterne durante casi un año, en su base de operaciones por un periodo algo más prolongado y en el hogar de su esposa e hija —con migraciones a Bagnères, Montpellier y muchos otros lugares de Francia— durante unos cinco años. Él mismo —había estado enfermo en Toulouse y peor en Montpellier— regresó a Inglaterra (tras una breve estancia en París) a principios del verano de 1764. Tampoco fue hasta enero de 1765 cuando aparecieron el séptimo y el octavo volúmenes de Tristram. Como de costumbre, Sterne fue a la capital para recibir las felicitaciones del público, que parecen haber sido bastante calurosas; pues, aunque la entrega inmediatamente anterior no había sido un éxito rotundo, el intervalo más prolongado había surtido efecto ahora no solo en el arte y los materiales del proveedor, sino en el apetito de sus comensales. A esto le siguieron dos volúmenes más de Sermones, de un tipo mucho más característico que su incursión anterior en este género, y publicados parcialmente por suscripción. Estos, sin embargo, no se editaron en realidad hasta 1766. Mientras tanto, en octubre de 1765, Sterne había emprendido su segundo intento de viaje por el continente, que iba a proporcionar el material restante para el Viaje sentimental y se prolongaría hasta Nápoles. Poco se sabe de su estancia invernal en esa ciudad y en Roma. De regreso a casa, se encontró con su esposa e hija en el Franco Condado, pero a petición de la señora Sterne las dejó allí y continuó solo hacia Coxwold.

Llegó a Inglaterra con una salud pésima y jamás volvió a marchar de allí; pero aún le quedaban por delante casi dos años de vida bastante plena.

El noveno y último volumen de Tristram le ocupó durante el otoño de 1766, y vio la luz con el acompañamiento invariable de la aparición de su autor en Londres en enero de 1767.

Esta visita, que se prolongó hasta mayo, fue testigo del coqueteo con «Eliza» Draper, la joven esposa de un funcionario de la India, que se encontraba en el país para recuperar la salud, un episodio que encumbró a Sterne a los ojos de la sensibilidad dieciochesca, especialmente en Francia, casi tanto como le ha deprimido ante los ojos no ya de la decencia, no ya del sentido común, sino del romanticismo de tiempos posteriores.

Estaba muy enfermo cuando regresó a Coxwold, pero se recuperó, y en octubre se reunieron con él su esposa y su hija. Incluso entonces, sin embargo, la comunidad fue muy temporal y dividida, pues les alquiló una casa en York, y no iban a permanecer en Inglaterra más allá de la primavera. Él mismo terminó lo que nos queda del Viaje sentimental y se fue a Londres con él, donde se publicó un poco más tarde de lo habitual, el 27 de febrero de 1768.

Tres semanas más tarde su autor, en sus habitaciones del número 41 de New Bond Street, en presencia únicamente de una enfermera contratada y un lacayo, que había sido enviado por unos amigos para interesarse por su salud, emprendió un viaje que nada tenía de sentimental y del que hasta entonces no se había informado.

Algunas historias extrañas pero no muy bien comprobadas rodearon su muerte, ocurrida el viernes 18 de marzo.

Se decía, y es bastante probable, que sus puños de oro fueron robados por la dueña de la casa.

Después de su funeral, escasamente concurridísimo, en el cementerio de St. George’s, Hanover Square, frente a Hyde Park (que solía ser conocido por el pardo escuálido de su capilla no restaurada, y vuelto después más espantoso por el rojo vistoso de su capilla restaurada), se dice que su cuerpo fue robado por profanadores de tumbas.

Y el mito se completa con el añadido de que los restos, tras haber sido vendidos al profesor de anatomía de Cambridge, fueron disecados allí en público, y uno de los espectadores, amigo de Sterne, reconoció el rostro demasiado tarde y se desmayó.

Sus asuntos, que nunca se habían llevado de una manera muy comercial, se encontraban en considerable desorden.

Unos años antes, la negligencia de su vicario había provocado o permitido que la vicaría de Sutton se quemara hasta los cimientos; y Sterne, además de perder valiosos efectos propios, era por supuesto responsable de la reconstrucción.

Se las arregló para posponer esto hasta su muerte, tras la cual su viuda y administradora fue demandada por daños estructurales. Estos, dado que ella se encontraba en una situación muy precariedad económica, tuvieron que acordarse por solo sesenta libras, pero probablemente ascendieron a una suma mucho mayor dentro de las 1.100 libras a las que se calculaba el endeudamiento de Sterne.

Su viuda tenía algo de dinero propio: se recaudaron ochocientas libras para ella y su hija en las carreras de York; debió de haber beneficios procedentes de los derechos de autor; y se publicó por suscripción una nueva colección de Sermones.

Pero, aunque se sabe muy bien poco sobre la pareja, se dice que pasaban apuros económicos. Se dirigieron primero a Wilkes y después a Stevenson para que escribieran una biografía de Sterne que sirviera de prólogo a sus Obras, pero ninguno accedió. El señor Fitzgerald, que rara vez merece la maldición que recae sobre quienes juzgan con dureza, se muestra muy severo con ambos por este motivo.

Sin embargo, es indudable que cada uno de ellos, teniendo en cuenta su propia reputación, debió de sentir que era la última persona indicada para reconciliar a Sterne con el sector más estricto de la sociedad, y que escribir una biografía «descabellada» o «shandyana» sobre él habría sido un crimen cruel.

No se sabe exactamente cuándo se casó Lydia, ni cuándo murieron ella o su madre. La señora Sterne ya debía de haber muerto en 1775, fecha de la publicación de las cartas; se dice que Lydia pereció en la Revolución francesa.

Habiendo comenzado su carrera de escritor muy tarde en la vida, tras haberse impuesto un método intensamente artificial, tanto en el estilo como en la construcción, y sin que el destino le concediera más que unos pocos años para escribir, Sterne, como es natural, muestra una gran uniformidad en toda su obra. En verdad, podría decirse que no ha escrito más que un solo libro, Tristram Shandy. El viaje sentimental (acerca de cuyos méritos relativos, en comparación con la obra anterior y más extensa, existe una polemos aspondos entre los partidarios de los huevos grandes y los de los huevos pequeños del esternismo) no es al fin y al cabo más que una ampliación del séptimo libro de Tristram, con fioriture, variaciones y nuevos divertimentos. El sermón que aparece tan al principio es un sermón real de «Yorick» y una muestra suficiente de su vena oratoria más seria; muchas de sus cartas, por no decir la mayoría, podrían haberse entrelazado en Tristram sin desentonar ni lo más mínimo en comparación con la mayor parte de su contenido real. Y así, hay más propiedad de la que depende del mero hecho de que Tristram Shandy sea la parte más temprana y extensa de la obra de su autor, al no establecer una distinción excesivamente académica entre las características específicamente shandeanas y las generalmente esternianas; porque, en efecto, todo Sterne se encuentra en él de un modo más o menos eminente.

Nada menos que un crítico como M. Scherer ha dado su sanción a la idea de que en Sterne tenemos un tipo especial, si no incluso el tipo especial, del humorista; y probablemente pocas personas que no hayan dedicado un pensamiento o una atención particulares al asunto se negarían a estar de acuerdo con él. Yo mismo me inclino más bien a una objeción, o, en todo caso, a una distinción, aunque pocas cosas mejores se han escrito sobre el humor mismo que un pasaje del ensayo de M. Scherer sobre nuestro autor.

Sterne posee sin duda, en un grado muy eminente, el sentido del contraste, que todos los mejores críticos admiten que es la raíz del humor: la nota distintiva del humorista. Pero lo posee de manera parcial, ocasional y, yo llegaría incluso a decir, no grandiosa. Los grandes humoristas ingleses, a mi entender, son Shakespeare, Swift, Fielding, Thackeray y Carlyle. Todos ellos —incluso Fielding, cuyo estilo dieciochesco, contemporáneo y homólogo al de Sterne, no logra ocultar la verdad— aplican el contraste humorístico, el sentido humorístico de la ironía de la existencia, a las grandes cosas, a las prima et novissima. Ven, sienten y muestran la percepción simultánea de la Muerte y la Vida, del Amor y la Pérdida, de lo Finito y lo Infinito.

Sterne se detiene mucho antes de esto; les grands sujets le están prohibidos en otro sentido que el de La Bruyère. Apenas es exagerado decir que su ostentosa preferencia por la bagatelle era un hecho real, y en absoluto afectado.

En ninguna parte, ni en el auténtico pathos de la famosa carta sobre el lecho de muerte a la señora James, ni en el —a mi parecer— no del todo verdadero pathos del episodio de Le Fever, llega a penetrar hasta «los infiernos aceptados que yacen debajo».

Tiene un dominio incomparable de las variedades menores e inferiores del contraste humorístico —sobre lo extrañísimo, lo mezquino, lo estrafalario, sobre todo, sobre aquello que los franceses llaman, de un modo intraducible, le saugrenu. Su fuerte es la debilidad; su cheval de bataille, el caballito de juguete. Si quieren remontarse a las alturas o sumergirse en las profundidades del humor, Sterne no es para ustedes.

Pero si queréis lo que su propia generación llamó una travesura en la Tierra Media, muy media, una búsqueda en tiendas de curiosidades (especialmente de la descripción técnicamente «curiosa»), un vistazo a toda clase de coulisses y bambalinas de la naturaleza humana, un paseo en una especie de montaña rusa intelectual, una vista de la danza moral, mental, religiosa y sentimental de todas las clases que han deleitado al hombre, desde la cuerda hasta la falda, entonces acompañad a Sterne en la dirección que le plazca.

Puede que a veces os disguste un poco, pero rara vez tendréis justificado motivo para quejaros de que os decepcione y engañe.

The Life and Opinions of Tristram Shandy, Gent. (la cual, como se ha observado excelentemente, se basa en realidad en la vida del tío del gent, y en las opiniones del padre del gent), es el mayor y en todos los sentidos el principal campo para estas diversiones. El aparato, y, en la medida en que pueda decirse que lo hubo, el objeto con el que Sterne lo trazó y lo llenó, son claros, e incluso el primero debió de serlo bastante para cualquier persona con cierta lectura y cierta inteligencia mucho antes de que el excelente doctor Ferriar, con el espíritu de un iconoclasta reverente, se pusiera a trabajar para señalar la deuda exacta de Sterne con Rabelais, Burton, Beroalde (si es que Beroalde escribió el Moyen de Parvenir), Bruscambille y los demás.

De esta parte en particular del asunto no creo necesario decir mucho. La acusación de plagio suele ser sumamente vana; pues cuando un hombre de genio roba, siempre hace suyos los hurtos; y cuando un hombre roba sin genio, los hurtos no son más que oro de hadas que se convierte en hojas y guijarros bajo su mano.

Sin duda Sterne «copió» en Tristram, y más aún en los Sermones, con bastante más libertad y audacia que la mayoría de los hombres de genio; pero cuando recordamos que tomó la denuncia que Burton hizo de esa práctica y la reprodujo (casi con las mismas palabras de Burton) como si fuera suya, debe quedarle claro a cualquiera que no sea muy tonto de remate que estaba gastando una broma pesada muy audaz. En lo que tiene de mejor, no roba en absoluto, y ese es el único punto de verdadera importancia.

Es algo más, a mi juicio, tarea del crítico (quien aquí está más obligado si cabe a no fijarse solo en el cronómetro) señalar el modo mucho más sorprendente en que Sterne tomó prestados, no pasajes y palabras reales, sino el modo y el estilo. Aquí, tal vez, lo hallaremos responsable de una deuda mayor; y aquí también podemos pensar que, aunque su genio es indiscutible, da más razones a quienes le negasen el más alto tipo de genio. Fuera de toda duda, no solo sus lecturas, sino su temperamento y sus características de todo tipo, lo inclinaron hacia ese estilo al que los siglos quince y dieciséis franceses dieron el nombre de fatrasie, o divagación de herodes a pilatos, con un objetivo satírico más o menos encubierto. Pero si comparamos el proceder de Swift con el de Cyrano de Bergerac, el proceder de Fielding con el romance y la novela tal como existían antes de su época, sí, el proceder de Shakespeare con el drama de Marlowe, notaremos una marcada diferencia en el procedimiento de Sterne. Nadie, ni siquiera en su propia época, que conociera en absoluto a Rabelais podía dejar de advertir el seguimiento casi servil de la manera, en lo grande y en lo pequeño, que Tristram exhibe. Nadie —una designación mucho menor— que conozca el extraño, poco edificante, pero de ningún modo trivial libro del cual, como he insinuado, nunca puedo terminar de creer que Beroalde de Verville fuera el autor, puede dejar de advertir aquí un seguimiento aún más estrecho, aunque algo menos obvio y, por decirlo así, menos verifiable.

En otra región —el purgatorio de todos los comentadores de Sterne— podemos rastrear esta corrupta imitación con la misma claridad, al menos, aunque creo que se le ha atribuido de manera definitiva con menos frecuencia. La demasía de indecencia tan celebrada de Sterne es, con una sola excepción, sui generis. Sin duda se han dicho y se dicen muchas necedades sobre la «indecencia» en la literatura general. Cuando se comete, como ha ocurrido, por ejemplo, en el francés últimamente, se convierte en una molestia de la especie más repugnante. Quizá siempre sea mejor dejarla en paz. Pero si es un pecado reírse de vez en cuando francamente de lo que antaño se llamaba «historias de caballeros», entonces no solo muchos caballeros galantes, nobles y no insensatos, sino, me temo, no pocas damas, tanto hermosas como distinguidas, están condenadas, junto con Shakespeare, Scott y Southey, con Margarita de Navarra y María de Sévigné, para hacerles compañía.

Aun para merecer indulgencia, esta cualidad cuestionable, además de ser tratada como la trata el genio, debe poseer ciertas subcualidades, o libertades respecto de la cualidad, propias.

  • No debe ser brutal e inhumana, ya que la cualidad de la humanidad es lo principal que la salva.
  • No debe ser solapada y burlona.
  • Debe ser franca y jovial, o franca y apasionada.

Quizá, en algunos casos, pueda salvarse, como en gran medida lo hace la de Swift, por el pesimismo arrollador de la desesperación, el cual refuerza su desprecio por el hombre y el destino humano al presentar estas evidencias de su debilidad.

Pero Sterne no puede alegar ninguna de estas exenciones. No posee ni la franca risa de Aristófanes y Rabelais, ni la franca pasión de Catulo y Donne. Era incapaz de sentir la más mínima saeva indignatio.

El atractivo del asunto para él era, mucho me temo, meramente el atractivo de lo impropio por el hecho de ser impropio; porque escandaliza a la gente, o la hace sonrojar, o le provoca un pequeño y profano estremecimiento de turbada y sórdida delectación.

Su famosa apología del niño que juega en el suelo y muestra con inocencia lo que no suele mostrarse, resultó desesperadamente infeliz. Pues sus muestras son las de una des-inocencia educada y económica. Y adoptó este modo, estoy casi seguro, completa y directamente de Voltaire, quien detenta el envidiable copyright y la patente del mismo.

La tercera característica que Sterne tomó de otros, que tiñó profundamente su obra y que la perjudicó más de lo que la ayudó, fue su famosa e inigualable sensibilidad o sentimentalismo. Se ha escrito mucho sobre este admirado artificio del siglo XVIII, y aquí no hay espacio para debatirlo. Basta con decir que, aunque Sterne ciertamente no lo inventó —había sido inculcado por dos generaciones enteras de novelistas franceses antes que él, y era conocido en Inglaterra desde hacía medio siglo—, se le atribuye la gloria, tal como es, de haberlo llevado hasta el límite absoluto. El burro muerto y el burro vivo, este último (como con humildad pero con orgullo me uno al señor Thackeray y al señor Traill al pensar) un animal mucho más noble; Le Fever y La Fleur; María y Eliza; la mosca del tío Toby y el antedicho poliantos de la pobre señora Sterne; los estoicos a los que el señor Sterne (con el generoso convencimiento de que no corría peligro de recibir tal castigo) deseaba ver azotados, y los críticos de los que habría huido desde Dan hasta Berseba para librarse; —todos los personajes y pasajes célebres de sus obras, todos sus adornos y fuegos artificiales, están orientados principalmente a la exhibición de la Sensibilidad, antaño tan encantadora, ¡y hoy, ay!, abucheada y despreciada por el pueblo!

Y ahora será posible acabar con sus debilidades, siendo todo lo demás en Sterne digno de alabanza, casi sin mezcla de reproche.

Hemos visto lo que tomó prestado de otros, mayormente en su perjuicio; veamos ahora lo que aportó de cosecha propia, casi por completo en su honor y provecho.

Poseía, en primer lugar, lo que la mayoría de los escritores cuando empiezan casi siempre y casi inevitablemente no tienen, una larga y cuidadosamente amasada reserva, no solo de lecturas, sino de observación de la humanidad.

Aunque sus casi cincuenta años de vida habían transcurrido, en el sentido corriente, sin grandes acontecimientos, le habían brindado oportunidades que supo aprovechar con creces.

  • «Hijo del regimiento», había estudiado evidentemente con el mayor y más cariñoso esmero las costumbres de un ejército que aún incluía una gran proporción de los veteranos de Marlborough; y se ha sostenido constante y razonablemente que su principal objeto de estudio había sido su padre, a quien al parecer adoraba a su manera.

Roger Sterne es el modelo reconocido de mi tío Toby; y al menos yo no tengo duda de que fue también el original de Mr. Shandy, pues algunas de las cualidades que aparecen en el retrato que su hijo hace de él son de Walter, no de Toby.

Quizás se habría necesitado un genio aún mayor del que poseía Sterne, y un ambiente menos saturado por la teoría ilusoria de la «pasión dominante», para habernos ofrecido el temperamento mixto y fundido en lugar de separarlo en dos caballeros a la vez, haciendo que Walter Shandy sea todo intellecto caprichoso, y Tobias, toda amable bondad. Pero si se hubiera hecho —como tal vez solo Shakespeare habría podido hacerlo— habríamos tenido una figura más grande y más humana que cualquiera de las dos. El señor Shandy nunca se habría acercado entonces, como lo hace a veces, a ser un aburrido; y mi tío Toby (si se me permite decirlo sin tomar las alas de la aurora para huir de la ira de los extremados tobyólatras) se habría librado de la apariencia ocasional de ser algo parecido a un tonto.

Aun así, estos dos son encantadores incluso en su actual dicotomía; y Sterne fue provisto con creces por su genio, trabajando sobre su experiencia, de compañía para ellos. Su retrato idealizado de sí mismo como «Yorick» (su sincero shakesperianismo es uno de sus mejores rasgos) es un tanto vago y fantástico; y el de Eugenius, que se supone representa a John Hall Stevenson, es casi tan leve como halagüeño.

Pero el Dr. Slop, de quien consta que fue trazado (con una fidelidad algo despiadada en lo externo, pero sin ninguna maldad si miramos más hondo) a partir del Dr. Burton, un conocido médico jacobita que había sufrido el celo hannoveriano del tío de Yorick, Jaques, en el 45, es una obra maestra.

Los dignatarios de York son verdaderos grabados de perfil, más repletos de vida e individualidad que mil cuadros detalladamente pintados; todos los criados, Obadiah, Susannah, Bridget y los demás, están a la altura de los sirvientes de Fielding o de Thackeray; y aunque el propio Tristram es la sombra de una sombra, confieso que creo ver un retrato vívido en los tres o cuatro trazos que apenas nos brindan a «mi querida, queridísima Jenny». El señor Fitzgerald, sucumbiendo a una tentación no del todo antinatural, dada la estrecha proximidad temporal, equipara esto al «querida, queridísima Kitty» de las cartas a la señorita Catherine de Fourmentelle. Pero esto, sopesándolo todo, constituiría un scandalum damigellarum bastante grave; y no creo necesario identificarlo, aunque los rasgos me parezcan concordar bastante bien con los escasos datos genuinos de las cartas sobre la propia señora Sterne. Que el «querida, queridísima» sea más o menos irónico resulta de lo más shandiano.

Todo esto, si no extraído directamente de individuos (el ejercicio inferior), es primero generalizado y luego precipitado en la individualidad a partir de una amplia observación (lo cual es infinitamente superior y mejor).

Me temo que debo exceptuar a la viuda Wadman, salvo en la escena de la garita, de este encomienda. Pero es que la viuda Wadman no es en realidad una persona real. Es en parte un instrumento para hacer que mi tío Toby realice algunos movimientos nuevos, y en parte una señal para permitir que Sterne se entregue a su peor debilidad.

En cuanto a Trim, ¿quis vituperavit Trim? El amante de la «clériga papista» es sencillamente perfecto, con un corazón no mucho menos bondadoso y una cabeza mucho mejor que la de su amo, y, a su manera, apenas menos caballero.

El modo en que estas encantadoras personas (observo con vergüenza que había omitido el modesto valor de la señora Shandy, casi la más encantadora de todas) son presentadas al lector, puede haber sufrido un poco a causa de esa corrupta secuencia de la que ya se ha dicho suficiente.

Solo puedo decir que me conformaría con bastante más corrupción del mismo género, unida a bastante menos genio. Apenas puede caber duda de que existía una auténtica armonía preestablecida entre los dones de Sterne y el estilo fatrasie; ciertamente este estilo, si bien a veces exhibió sus debilidades, brindó raras oportunidades a su talento.

Y lo mismo puede decirse de su estilo. Ciertamente, podría habernos ahorrado algo de los artificios tipográficos con los que decidió engalanarlo y embadurnarlo, y a veces, en sus momentos ultra rabelesianos —no me refiero a la gauloiserie, sino a la pura payasada—, sentimos el falsete de manera bastante desastrosa. Los críticos desfavorables de Rabelais olvidan constantemente que sus extravagancias fueron, al menos en gran medida, estallidos muy naturales de alegría vital. La Edad Media, a pesar de que se ha puesto de moda entre quienes no saben nada al respecto representarla como una época de sombría melancolía, fue probablemente el período más alegre de la historia de este mundo; y la Reforma y el Renacimiento, con su pedantería y su puritanismo y, lo peor de todo, su ciencia física, no habían acabado por completo con esa alegría cuando Rabelais escribió. Pero aunque la alegría vital aún sobrevivía en los días de Sterne, no puede decirse que en Inglaterra, como tampoco en ninguna otra parte, hubiera demasiada alegría genuina del tipo honesto, infantil y medieval, y de ahí que sus maneras chirríen constantemente.

Aun así el estilo, con independencia de las estratagemas, se adaptaba de manera excelente a la obra.

Es tema discutible hasta qué punto el carácter extremadamente laxo y descuidado de este estilo, que a veces, y de hecho a menudo, raya en la pura desidia y el solecismo, era intencionado. Yo opino que fue casi tan deliberado como los asteriscos y las páginas negras y marmóreas. Sabemos por los Sermones que Sterne sabía escribir con suficiente esmero cuando le placía, y sabemos por el manuscrito del Viaje que corrigió con asiduidad.

Tampoco es probable que tuviera la excusa de la prisa. El menor tiempo que jamás empleó en uno de sus lotes de dos volúmenes fue superior a seis meses; y si consideramos la práctica, no de milagros de la industria y la facilidad como Scott, sino de escritores más bien morosos como Thackeray, cabría pensar que la cantidad (que no pasa de un par de cientos de páginas de uno de estos volúmenes actuales) podría escribirse en poco más de seis semanas.

Sea como fuere, el estilo —conversacional, sin pretensiones, demasiado suelto como para resultar entrecortado y, sin embargo, demasiado fragmentario como para sostenerse— se adapta al tema y al plan como pocos otros podrían hacerlo.

Pero tal vez sea poco necesario decir más sobre un libro que, aunque algunos dicen que pocos lo leen entero hoy en día, es perfectamente conocido en sus líneas generales y en sus pasajes más destacados, y que con toda certeza cautivará a todos los lectores aptos en cuanto lo emprendan.

De su autor tal vez pueda decirse algo muy poco más, tanto más cuanto que aquellos que, al no comprender la admiración crítica, piensan que los biógrafos y editores no solo deben ser justos y un tanto benévolos, sino extravagantemente parciales con sus temas, pueden concebir que he sido un tanto injusto, o, al menos, un tanto despegado con Sterne. Si es así, no han leído su propio ataque, sumamente ingenioso y en general —si no en particular— muy sensato, al refrán de mortuis. Pero si no nil nisi, aún queda mucho bonum que decir de Sterne.

No estaba meramente dotado de un genio singular y esencial; no era meramente el representante y portavoz, de un modo apenas superado por nadie, de cierta manera de pensar y sentir más o más propia de su tiempo.

Estos eran sus méritos, sus muy grandes méritos como escritor.

Pero tenía otros, y grandes, si no muy grandes, como hombre.

Aunque nunca fue rico, parece haber estado libre del defecto de la mezquindad; y aunque murió endeudado, no estaba profundamente contaminado por el de la extravagancia en asuntos de dinero. Pues la mayor parte de sus gastos tardíos fue en beneficio de otros, y bien podía contar con que su pluma pagaría, y con creces, su cuenta.

Por poco afecto que hubiera existido jamás entre él y su esposa, siempre se preocupó enormemente por satisfacer sus necesidades en la más bien costosa separación de sus hogares, y jamás, ni en sus momentos más indiscretos, dejó caer una queja sobre sus gastos, vicio del que se sabe que son culpables algunas personas de reputación general mucho más elevada.

Aunque es indudable que le halagaban las atenciones de «los grandes», no sé si existe causa justa para acusarle de arrastrarse ante ellos o adularlos más allá de la costumbre y la cortesía de la época.

A pesar de su humor desenfadado, no había en él mala intención. Sus peores enemigos han admitido que su afecto por su hija era muy tierno y totalmente sincero; y sus cartas a la señora James y sobre ella demuestran que era capaz de pensar en una mujer con nobleza y sensatez como amiga, a pesar de sus modos de pensar ignóbiles y insanos respecto al sexo opuesto.

Si no hubiera sido por la cruel indiscreción de su Lydia (que, sin embargo, posee algo de esa antigua virtud de traer tanto el bálsamo como el aguijón), es probable que se le tuviera en mucho mejor concepto de lo que se le tiene.

Y considerando los deliciosos libros que aquí se vuelven a presentar, creo que podemos consentir en perdonar las faltas que, al fin y al cabo, fueron asunto suyo principalmente, en aras de los méritos de los que nos beneficiamos en gran medida y por los que no cosechó una recompensa demasiado generosa.

George Saintsbury

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