De dos trazoz, el uno a Hipócrates, y el otro a lord Verulam, lo logró mi padre.
El golpe al príncipe de los médicos, con el que comenzó, no fue más que un breve agravio a su penosa queja del Ars longa,—y Vita brevis.—¡La vida es corta, exclamó mi padre,—y el arte de curar, tedioso! ¿Y a quién hemos de agradecerle lo uno y lo otro, sino a la ignorancia de los propios charlatanes,—y a las carretadas de remedios químicos y cachivaches peripatéticos con los que, en todas las épocas, primero han adulado al mundo y al fin lo han engañado?
⸺¡Oh, mi señor Verulam!—exclamó mi padre, apartándose de Hipócrates y dirigiéndole su segundo golpe, como al principal de los vendedores de remedios secretos y el más apto para servir de escarmiento a los demás—, ¿qué te diré, mi gran señor Verulam? ¿Qué diré de tu espíritu interno—, de tu opio—, de tu salitre—, de tus grasientas unciones—, de tus purgas diarias—, de tus clisteres nocturnos y tus sucedáneos?
⸺Mi padre jamás se quedaba sin saber qué decirle a nadie, sobre ningún tema; y era el hombre que menos necesidad tenía del exordio de cuantos respiran: cómo lidió con la opinión de su señoría,⸺lo veréis;⸺cuándo, empero—no lo sé;⸺primero hemos de ver cuál era la opinión de su señoría.