⸺No voy a ponerme a discutir el punto con usted—así es—y estoy tan persuadido de ello, señora, como se puede estar, en cuanto a que «tanto el hombre como la mujer soportan el dolor o la pena (y, por lo que sé, el placer también) mejor en posición horizontal».
En el momento en que mi padre subió a su aposento, se dejó caer de bruces sobre la cama con el desorden más salvaje imaginable, pero al mismo tiempo en la actitud más lamentable de un hombre abrumado por las penas que jamás ojo compasivo haya llorado.⸺La palma de su mano derecha, al caer sobre la cama, recibió su frente y cubrió la mayor parte de ambos ojos, hundiéndose suavemente con su cabeza (cediendo el codo hacia atrás) hasta que su nariz tocó la colcha;⸺su brazo izquierdo colgaba insensible por el lado de la cama, con los nudillos apoyados en el asa del orinal, que asomaba más allá del franjón—su pierna derecha (estando la izquierda encogida hacia su cuerpo) pendía a medias por el borde de la cama, apoyándose el canto de esta sobre la espinilla—No lo sentía. Una pena fija e inflexible se apoderó de cada línea de su rostro.—Suspiró una vez⸺agitó el pecho a menudo—pero no pronunció una sola palabra.
Una vieja silla de punto de aguja, adornada con faldones y flecos de borlas de estambre multicolor, se encontraba a la cabecera de la cama, en el lado opuesto a aquel donde reposaba la cabeza de mi padre.—Mi tío Toby se sentó en ella.
Antes de que una aflicción sea digerida,—el consuelo llega siempre demasiado pronto;—y después de que es digerida,—llega demasiado tarde: de modo que ya ve usted, señora, que apenas hay una marca entre ambas, casi tan fina como un cabello, a la que un consolador pueda apuntar: mi tío Toby estaba siempre o de este lado o de aquel otro, y solía decir que creía en su corazón que con la misma facilidad podría dar con la longitud; por esta razón, cuando se sentaba en el sillón, corría la cortina un poco hacia adelante, y teniendo una lágrima a disposición de cualquiera,—sacó un pañuelo de cambray,—dio un susurro—pero guardó silencio.