Ahora no nos demos humos, ni pretendamos que los juramentos de los que alegremente hacemos uso en esta nuestra tierra de libertad sean nuestros; y porque tengamos el ánimo de proferirlos, imaginemos que también hemos tenido el ingenio de inventarlos.
Me encargaré en este momento de probárselo a cualquier hombre del mundo, excepto a un conocedor:—si bien declaro que solo pongo objeción a un conocedor en el arte de maldecir,—así como se la pondría a un conocedor en pintura, etc., etc., pues todo ese atajo de ellos anda tan colgado y achicharrado de los dijes y baratijas de la crítica,—o por dejar mi metáfora, que por cierto es una pena,—pues la he traído desde tan lejos como la costa de Guinea;—sus cabezas, Señor, están tan repletas de reglas y compases, y tienen esa eterna propensión a aplicarlas en todas las ocasiones, que una obra de genio bien haría en irse al diablo de una vez, antes que quedarse para ser picada y atormentada hasta la muerte por ellos.
—Y ¿cómo recitó Garrick el soliloquio anoche?—¡Oh, contra toda regla, mi lord—, de lo más agramaticalmente! entre el sustantivo y el adjetivo, que deben concordar en número, caso y género, abrió una brecha así—, haciendo una pausa, como si el punto necesitara asentarse;—y entre el caso nominativo, que vuestra señoría sabe que debe regir al verbo, suspendió su voz en el epílogo una docena de veces durante tres segundos y tres quintos con un cronograma, mi lord, cada vez—, ¡Admirable gramático!⸺Pero al suspender su voz⸺¿se suspendió también el sentido? ¿Ninguna expresión de actitud o semblante colmó el abismo?⸺¿Estuvo mudo el ojo? ¿Miró con atención?—Miré tan solo el cronograma, mi lord.—¡Excelente observador!
¿Y qué hay de este nuevo libro del que todo el mundo hace tanto alboroto?—¡Oh!, ¡está fuera de plomada, mi señor,—una cosa de lo más irregular!—ni uno de los ángulos de las cuatro esquinas era un ángulo recto.—Llevaba mi regla y mi compás, etc., mi señor, en el bolsillo.—¡Excelente crítico!
⸺Y en cuanto al poema épico que vuestra señoría me mandó mirar⸺, tras tomarle el largo, el ancho, el alto y la profundidad, y probarlos en casa según una escala exacta de Bossu⸺, falla, mi señor, en cada una de sus dimensiones. —¡Admirable conocedor!
⸺¿Y entró usted a echar un vistazo al gran cuadro a su regreso?—¡Es una mancha melancólica, mi señor; no hay ni un solo principio de la pirámide en ningún grupo!—¡y qué precio!—pues no tiene nada del colorido de Tiziano—la expresión de Rubens—la gracia de Rafael—la pureza de Dominiquino—la corregiosidad de Corregio—la erudición de Poussin—los aires de Guido—el gusto de los Carracci—ni el gran contorno de Angelo.—¡Concédeme paciencia, justo Cielo!—De todas las monsergas que se sueltan en este mundo hipócrita—aunque la monserza de los hipócritas sea la peor—¡la monserza de la crítica es la más atormentadora!
Iría cincuenta millas a pie —pues no tengo un caballo digno de ser cabalgado— para besar la mano de aquel hombre cuyo generoso corazón entrega las riendas de su imaginación a las manos de su autor, y se complace no sabe por qué, sin importarle el motivo.
¡Gran Apolo! si estás de humor generoso—concédeme—no pido más, que un solo trazo de ingenio natural, junto con una sola chispa de tu propio fuego⸺y envía a Mercurio, con las reglas y los compases, si puede ser prescindido, con mis recuerdos a—no importa.
Ahora bien, a cualquiera otro le tomaré sobre mí probarle, que todos los juramentos y maldiciones que hemos estado encasquetando al mundo durante estos doscientos cincuenta años pasados como originales—excepto el pulgar de San Pablo—, la carne de Dios y el pez de Dios, que eran juramentos monárquicos y, considerando quién los hizo, no del todo desacertados; y como juramentos de reyes, poco importa que fuesen pez o carne;—si no, digo, no hay un juramento, o al menos una maldición entre ellos, que no haya sido copiado una y otra vez de Ernulfo mil veces: ¡mas, como todas las demás copias, cuán infinitamente distantes de la fuerza y el espíritu del original!—Se tiene por un juramento no malo—y por sí solo pasa muy bien—: «Q—e Dios os maldiga».—Ponedlo al lado del de Ernulfo—: «Dios Todopoderoso el Padre os maldiga—Dios el Hijo os maldiga—Dios el Espíritu Santo os maldiga»—, veis que no es nada.—Hay una orientalidad en el suyo a la que no podemos elevarnos; además, es más copioso en su invención—poseía más de las excelencias de un maldiciente—, tenía un conocimiento tan cabal de la estructura humana, sus membranas, nervios, ligamentos, uniones de las coyunturas y articulaciones,—que cuando Ernulfo maldecía—ninguna parte se le escapaba.—Es verdad que hay algo de dureza en sus maneras—y, como en Miguel Ángel, una falta de gracia—, ¡pero entonces hay una grandeza de gusto tan inmensa!
Mi padre, que por lo general contemplaba todo bajo una luz muy distinta a la del resto de la humanidad, jamás quiso admitir, a fin de cuentas, que esto fuese un original.—Consideraba más bien el anatema de Ernulfo como un instituto del buen jurar, en el cual, según sospechaba, al decaer el juramento durante algún pontificado más clemente, Ernulfo, por orden del papa sucesor, había recopilado con gran erudición y diligencia todas las leyes del ramo;—por la misma razón que Justiniano, en la decadencia del imperio, había ordenado a su canciller Triboniano que reuniera todas las leyes romanas o civiles en un solo código o digesto—no fuera a ser que, por la roña del tiempo—y la fatalidad de todo lo confiado a la tradición oral—, se perdieran para siempre del mundo.
Por esta razón, mi padre afirmaba a menudo que no había juramento, desde el gran y tremendo juramento de Guillermo el Conquistador (Por el esplendor de Dios) hasta el más bajo juramento de un basurero (Malditos sean tus ojos), que no se pudiera encontrar en Ernulfo. En resumen —añadía—, desafío a cualquiera a proferir un juramento que no esté en él.
La hipótesis es, como la mayoría de las de mi padre, singular y genial también;⸺y no tengo otra objeción que hacerle, salvo que echa por tierra la mía.