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nydus/The Life and Opinions of Tristram Shandy, GentlemanPublic
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Table of Contents

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En el caso de los nudos⁠—por los cuales, en primer lugar, no quisiera que se entendiese nudos corredizos⁠—porque en el curso de mi vida y de mis opiniones⁠—mis opiniones acerca de ellos vendrán a propósito cuando mencione la catástrofe de mi tío abuelo el señor Hammond Shandy⁠—, un hombre pequeño⁠—, pero de gran imaginación:⁠—se metió de cabeza en el asunto del duque de Monmouth⁠—; ni, en segundo lugar, en este lugar, entiendo aquella especie particular de nudos llamados lazos de moño;⁠—hay tan poca maña, o destreza, o paciencia requerida para desatarlos, que están por debajo de que yo emita opinión alguna sobre ellos.⁠—Pero por los nudos de los que hablo, plazca a vuestras reverencias creer que me refiero a nudos buenos, honrados, endemoniadamente apretados y duros, hechos bona fide, como Obadiah hizo el suyo;⁠—en los cuales no hay ninguna disposición equívoca hecha mediante la duplicación y el regreso de los dos extremos de las cintas a través del anillo o lazo hecho por la segunda implicación de ellos⁠—para lograr que se deslizan y deshagan.⁠—Espero que me comprendáis.

En el caso de estos nudos, pues, y de los diversos obstáculos que —si a vuestras reverencias les place— tales nudos nos ponen en el camino al avanzar por la vida⁠⸺⁠cualquier hombre impulsivo puede sacar la navaja y cortarlos.⁠⸺Está mal. Creedme, señores, el modo más virtuoso, y el que tanto la razón como la conciencia dictan⁠⸺⁠es abordarlos con los dientes o con los dedos.⁠⸺⁠ El Dr. Slop había perdido los dientes⁠—su instrumento favorito, pues al extraerlos en mala dirección, o por alguna aplicación errónea, al resbalar por desgracia, se había volado antaño, en un parto difícil, tres de los mejores con el mango del mismo:⁠⸻probó con los dedos⁠—ay; se había cortado las uñas de los dedos y de los pulgares al ras.⁠⸺⁠¡Mil demonios! No consigo hacer nada de ninguna de las dos maneras, exclamó el Dr. Slop .⁠⸺⁠El trote en la planta alta, junto a la cama de mi madre, aumentó.⁠—¡Peste coja al tipo! Jamás conseguiré desatar los nudos en lo que me queda de vida.⁠⸺⁠Mi madre dio un gemido.⁠⸺⁠Préstame tu navaja⁠⸺⁠tendré a la fuerza que cortar los nudos al fin⁠⸺⁠¡puaj!⁠⸺⁠¡bah!⁠—¡Dios! Me he cortado el pulgar de lado a lado hasta el mismo hueso⁠⸺⁠maldito el tío⁠—con lo que no hay otro partero en cincuenta millas a la redonda⁠—estoy perdido por esta vez⁠—ojalá cuelguen al bellaco⁠—ojalá lo peguen un tiro⁠—¡ojalá todos los demonios del infierno se lo lleven por zoquete!⁠⸻

Mi padre sentía un gran respeto por Obadiah y no soportaba oír que se dispusiera de él de aquel modo; además, se respetaba un poco a sí mismo y llevaba igual de mal la afrenta que con ello se le hacía.

Si el doctor Slop le hubiera cortado cualquier parte, salvo el pulgar —mi padre lo habría pasado por alto—, su prudencia habría triunfado: tal como estaban las cosas, estaba decidido a vengarse.

Pequeñas maldiciones, Dr. Slop , en las grandes ocasiones —dijo mi padre (condoliéndose primero con él por el accidente)—, no son sino un derroche de nuestras fuerzas y de la salud del alma sin ningún género de propósito.⁠—Lo confieso —respondió el Dr. Slop .⁠—Son como perdigones de gorrión —dijo mi tío Toby (interrumpiendo su silbido)—, disparados contra un bastión.⁠⸺⁠Sirven —continuó mi padre— para agitar los humores⁠⸺⁠pero no eliminan nada de su acritud:⁠—por mi parte, rara vez juro o maldigo⁠—lo tengo por malo⁠⸺⁠pero si caigo en ello por sorpresa, por lo general conservo la suficiente presencia de espíritu (¡muy bien!, dijo mi tío Toby ) como para hacer que me sirva a mi propósito⁠—esto es, sigo jurando hasta que me siento aliviado.

Sin embargo, un hombre prudente y justo siempre se esforzará por calibrar la rienda que da a estos humores, no solo según el grado en que se agitan en su interior, sino también según la magnitud y la mala intención de la ofensa sobre la que han de recaer.—«Las injurias solo vienen del corazón», —dijo mi tío Toby.

Por esta razón, continuó mi padre, con la más cervántica gravedad, tengo la mayor veneración del mundo por aquel caballero que, desconfiando de su propia prudencia en este punto, se sentó y compuso (eso sí, a sus anchas) fórmulas de improperios adecuadas a todas las ocasiones, desde la más leve hasta la más alta provocación que pudiera sucederle; fórmulas que, habiendo sido bien meditadas por él, y siendo además tales que podía sostenerlas, guardaba siempre consigo sobre la chimenea, a su alcance, listas para ser usadas. Jamás hube pensado, replicó el doctor Slop, que semejante cosa se le hubiera pasado por la cabeza a nadie, ni mucho menos que la hubiera llevado a cabo.

—Le ruego me perdone —respondió mi padre—; esta mañana leía yo, aunque sin usarlo, uno de ellos a mi hermano Toby, mientras servía el té; está aquí, en la balda sobre mi cabeza; pero, si mal no recuerdo, es demasiado violento para un corte en el pulgar. —En absoluto —replicó el Dr. Slop—; que el diablo se lleve al tipo ese. ⸺Entonces —respondió mi padre—, está muy a su servicio, Dr. Slop, a condición de que lo lea en voz alta; ⸺así pues, levantándose y descolgando una fórmula de excomunión de la Iglesia de Roma, una copia de la cual mi padre (que era curioso en sus colecciones) había conseguido del libro de registros de la iglesia de Rochester, redactada por el obispo Ernulfo ⸺con una seriedad de mirada y voz de lo más afectada, que habría engatusado al propio Ernulfo⸺, se la puso en las manos al Dr. Slop. ⸺ El Dr. Slop se envolvió el pulgar en la punta de su pañuelo y, con una mueca, aunque sin sospecha alguna, leyó en voz alta lo que sigue ⸻mientras mi tío Toby silbaba Lillabullero tan fuerte como podía todo el tiempo.

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