Ahora bien, porque he dicho una o dos veces, en mi inconsiderada manera de hablar, que confiaba en que las siguientes memorias del cortejo de mi tío Toby a la viuda Wadman —tan pronto como tuviera tiempo de escribirlas— resultarían ser uno de los sistemas más completos, tanto de la parte elemental como de la práctica del amor y el arte de enamorar, que jamás se hayan dirigido al mundo—, ¿habéis de imaginar por ello que voy a empezar con una descripción de lo que es el amor? ¿Si parte Dios y parte Demonio, como quiere Plotino—
⸺O mediante una ecuación más crítica, y suponiendo que el todo del amor sea como diez—para determinar con Ficino, «cuántas partes de él corresponden al uno,—y cuántas al otro»;—o si es todo entero un gran Demonio, de la cabeza a la cola, según se ha tomado sobre sí Platón el pronunciarlo; acerca de cuya ocurrencia suya, no habré de ofrecer mi opinión:—mas mi opinión de Platón es esta: que parece, por este caso, haber sido un hombre de muy idéntico temple y modo de razonar que el doctor Baynyard, quien, siendo un gran enemigo de las vegigas, por imaginarse que media docena de ellas de una vez llevarían a un hombre tan ciertamente a la tumba como una carroza fúnebre con seis caballos—concluyó temerariamente que el Diablo mismo no era otra cosa en el mundo sino una gran Cantárida brincadora.⸻
No tengo nada que decir a las personas que se permiten esta monstruosa libertad al argumentar, sino lo que Nazianzeno exclamó (es decir, polémicamente) ante Filagrio ⸺
“Εὖγε!” ¡Magnífico! ¡Es un razonamiento excelente, señor, en verdad! —“ὅτι φιλοσοφεῖς ἐν Πάθεσι”— y de la manera más noble apuntas a la verdad, cuando filosofas sobre ella en tus estados de ánimo y pasiones.
Tampoco ha de imaginarse, por la misma razón, que deba detenerme a investigar si el amor es una enfermedad, ⸺o enzarzarme con Rhasis y Dioscórides acerca de si su asiento está en el cerebro o en el hígado; — porque esto me llevaría a un examen de las dos maneras tan opuestas en que los pacientes han sido tratados ⸺ la una, la de Aecio, quien siempre empezaba con un clister refrescante de semilla de cáñamo y pepinos machacados; — y continuaba con ligeras pociones de nenúfares y verdolaga — a lo que añadía una pizca de rapé de la hierba Hanea; — y, donde Aecio se atrevía a ello, — su anillo de topacio.
⸺La otra, la de Gordonio, quien (en su cap. 15 de Amore) prescribe que sean azotados, “ad putorem usque”—hasta que apesten.
Estas son disquisiciones con las que mi padre, que tenía acopiada una gran reserva de conocimientos de esta índole, estará muy ocupado en el curso de los asuntos de mi tío Toby:
Debo anticipar tanto como esto: Que a partir de sus teorías del amor (con las que, dicho sea de paso, se ingenió para martirizar la mente de mi tío Toby casi tanto como sus propios amoríos), dio un solo paso hacia la práctica; y por medio de un lienzo encerado alcanforado, que se las ingenió para encasquetarle al sastre en lugar de bocrán mientras le hacía un nuevo par de bragas a mi tío Toby, produjo el efecto de Gordonius en mi tío Toby sin la ignominia.
Qué cambios produjo esto, se leerá en su lugar correspondiente: todo lo que es necesario añadir a la anécdota, es esto⸺Que cualquiera que fuese el efecto que tuvo sobre mi tío Toby ,⸺tuvo un efecto vil sobre la casa;⸺y si mi tío Toby no lo hubiera ahumado como lo hizo, podría haber tenido un efecto vil sobre mi padre también.